Una tarde de verano
en mi casa, me planté con mi perrita de agua, de la cual me enamoré
de esos ojos color ámbar que nunca olvidaré. La acogieron con
recelo, pero yo la integré y, aunque no fue bienvenida. Sultana la
nombré. No me arrepiento de tenerla, porque con ella aprendí el
fiel compañerismo que me hizo tan feliz. Con el pasar de los meses,
con mi familia también sanó su cicatriz y hoy forma parte de
nuestras vidas. La queremos y la vemos muy feliz.
Caminamos largas
tardes viendo puestas de sol y fuiste creciendo hasta hacerte mayor;
yo dejé mi adolescencia para encontrar el amor. Con el correr de los
años me he tenido que marchar en busca de otros lares donde poner mi
Pilar. El dolor de la despedida fue lo peor, pues anhelaba toda ésa
juventud compartida de mi perra y yo. El recuerdo de sus lamidos en
mi cara cómo gesto de amor y la mirada de sus ojos dónde me
reflejaba yo.
No te abandonaré,
volveré a tu lado alguna vez, donde te alegre con mi voz. Y borraré
los aullidos de dolor que lamenté al dejarte sin querer, para no
volver a oírlos otra vez. Yo te achucharé de nuevo y volveremos a
ser dos; ella me alegrará meneando su rabo, achuchando las dos.
Siempre serás mi fiel amiga, que espera mi regreso sin ira y sin
rencor.
Encarnación B.