jueves, 15 de noviembre de 2018

HAY QUE BAILAR

¡Bailar! ¡Bailar!

Hay que bailar

No tienen ni idea,
de diversión;
¿Como te vas,
a aprender la lección?

El profesor no baila,
el alcalde no baila;
la policía no baila,
¡ Hay que bailar!
¡Bailar! ¡Bailar!

Viejos vinagres,
de corazón;
y ahora baila,
hasta la legión.

El profesor no baila,
el alcalde no baila,
la policía no baila.
¡Hay que bailar!
¡Bailar! ¡Bailar!


Francisco Manuel






lunes, 12 de noviembre de 2018

TODOS MORIMOS

Hace 40 años ahora que yo estudiaba COU, es decir, Curso de Orientación Universitaria, lo que era el antiguo PREU. Ahora ya el COU ha desaparecido, aunque no la Selectividad.
Han pasado 40 años Dios mío. Me estoy volviendo un poco viejo. Pero eso no interesa en estos momentos, aunque a medida que avanza el tiempo estoy más cerca de la muerte. Y esto sí interesa en estos momentos.
En COU yo tenía un profesor de Filosofía que era también filósofo. En cierto modo todos somos un poco filósofos porque todos de alguna manera tenemos una concepción particular y privada de la existencia.
Este filósofo-profesor nos enseñó muchas cosas, entre otras el amor a la propia filosofía. Ya sabemos que la palabra filosofía significa amor al saber. En este caso hablo del amor a la filosofía.
El profesor nos enseñó lo que podía ser la vida según los filósofos. Para cada uno la vida era una cosa distinta. Por ejemplo para el filósofo pesimista por excelencia Schopenhauer el hombre es un ser para la nada. Después de la muerte no hay nada. No sólo muere el cuerpo, sino que no hay alma ninguna, ni paraísos terrenales, ni cielos ni infiernos. NADA. Como el título de la novela de Carmen Laforet.
Era muy discutible la concepción de la vida de Schopenhauer, pero hoy no estoy aquí para discutirlo.
Para Kierkegaard el hombre era un ser para la angustia. Sin duda esto es más demostrable. Todos padecemos alguna vez angustia. Todos sentimos que nos desgarramos, que echamos sangre por el alma, que nos desangramos como si fuéramos bestias descuartizadas en un matadero. La filosofía de Kierkeggard es, por así decirlo, más demostrable empíricamente.
Y así muchos otros filósofos. Todo un curso da para mucho.
Pero lo que a mí me importa de verdad en este artículo es lo que me dijo una vez este profesor. Me marcó para los 17 años que entonces tenía. Dijo: “La verdad es que todos morimos”. No dijo nada más. Dejó que yo, incipiente aprendiz de hombre, sacara mis propias conclusiones. Y durante estos 40 años que han pasado he ido sacando conclusiones de aquella enseñanza y las he llevado a mis libros, a mis artículos, a mis propias vivencias.
Mis padres, por ejemplo, han muerto. Lo sé. Es un hecho objetivo. Sus cuerpos se han ido corrompiendo lentamente en un cementerio. Ya sólo quedarán huesos. Pero ellos siguen vivos en mí, en mi memoria, en las fotografías, en los recuerdos de tantas cosas compartidas.
No sé si tienen alma. Y si la tienen, no sé qué ha sido de ellas. No sé si hay cielo e infierno. Y no sé si de haberlos han ido a un sitio o a otro. No tengo evidencia de nada respecto a otras cosas. Sólo sé como decía mi viejo profesor que todos morimos. Y ésa es una realidad absolutamente evidente, al margen de filosofías de una u otra naturaleza. Es el resumen de todas las filosofías: LA MUERTE.
No sé si es punto y final o es punto y seguido. No sé nada. Sólo puedo hacer conjeturas, tener mis propias teorías sobre el más acá y el más allá, especular. Sobre eso se construye en gran medida la filosofía: sobre especulaciones. Palabras y palabras. Sólo eso. Exprimir el pensamiento para darle sentido a todo esto que hacemos mientras estamos vivos. Exprimir el pensamiento hasta intentar dar con la tecla de cuál es el sentido final de todo cuanto hacemos. Pura filosofía. Pura mortalidad.
El hombre es un ser para la muerte. Pero esto no puede quedar así. No puede ser tan simple. No quiero creerlo. Tiene que haber algo más. Debe haber algo más. Quiero que haya algo más. DESEO que haya algo más.
Mi fe me dice que crea en el más allá. En que el hombre es un ser para la muerte y para un más allá de la muerte. No hay para mí una distinción tan clara entre la maldad y la bondad. No veo las cosas tan simples. No me gusta simplificar. Mi profesor hablaba de los peligros de la simplificación de conceptos. Y el concepto muerte es demasiado complejo como para reducirlo a una mera reflexión. Sobre la muerte se puede hablar tanto que un artículo como el mío sólo es un apunte de cuanto se puede hablar y escribir sobre ella.
La muerte es algo muy importante en la vida de un ser humano. Es el final de una etapa llamada vida. Pero no sé si hay otra vida. No tengo evidencias. Sólo puedo especular. Es decir, sólo puedo especular y llegar a todas las conclusiones que me apetezcan. O aplicar mi fe y decir que creo en Dios y que más allá de todo este teatro me espera una vida mejor. Pero no puedo demostrar nada. Puedo rezar, pero no sé a qué o a quién lo hago en realidad. No lo sé. Sólo sé que tengo que morir. Como decía mi profesor, todos morimos. Es lo único que podemos demostrar. No hace falta llamar a ningún forense que certifique magistralmente la evidencia más absoluta de todo: QUE TODO TIENE UN FIN.
Más allá de este fin desconozco si hay otra cosa. Pero mientras viva quiero sacarle el mayor partido a mi vida, a mis capacidades, a mis hipotéticos talentos. Quiero seguir escribiendo libros, que son evidencias, no simples especulaciones. Quiero seguir con mis novelas hasta que mis fuerzas aguanten y me aguanten mis lectores. Quiero vivir y escribir. En eso resumo mi vida. Y quiero amar, tener la sensación de que el amor nunca muere. Aunque muera como cualquier cosa que sentimos cuando morimos. La muerte es el final de los sentimientos, de las emociones, de los deseos, de los anhelos, de las aspiraciones, de las ambiciones, de las necesidades, de los porqués, de todo. Todos morimos. Y cuando morimos lo hacemos absolutamente. No a medias o poco a poco. Sino de forma absoluta. Existe un punto y final.
Para mí hay algo más. Yo rezo como he dicho recientemente en un artículo, pero la muerte es el final de muchas cosas al margen de que después de la muerte puedan existir otras. La muerte supone el final de demasiadas cosas y para las personas de fe supone también el principio de otras. Y no sabemos cuándo morimos, que es lo mejor de todo. Se sabe cuándo vamos a nacer casi con total exactitud. Pero nadie sabe cuándo va a morir exactamente y no me vale el ejemplo de los suicidas. Esos aniquilan la vida de manera cobarde. Hablo de la muerte muerte, de la muerte poderosa que aniquila todo atisbo de existencia y se traga todas las filosofías. Se traga la nada de Schopenhauer, la angustia de Kierkegaard, el existencialismo de Jean-Paul Sartre, la complejidad de Kant, el escepticismo de unos, el hedonismo de otros. La muerte es un chupón terrible que se lo traga todo como un inmenso desatascador que lo tragara todo con despiadada impiedad, valga el juego de palabras.
Mi artículo ni es negativo ni es positivo. No me gustan las categorías absolutas. Mi artículo constata la realidad de la muerte, harto indiscutible. Puede haber algo más allá de ella, algo indemostrable. No sé qué es la fe pero creo en ella. Pero sí sé qué es la muerte. Y creo en ella pero no me da la gana creerme que la muerte es la triunfadora. ¿Por qué demonios tiene que ser la muerte la triunfadora? ¿No tendrá la vida una carta guardada en la manga? ¿No habrá una estrategia desconocida que nos espere más allá de tanto tanatorio y tanta morgue?
Decía mi profesor y guardaba silencio después que todos morimos. Dejaba en el aire la frase como una terrible pregunta. Yo era sólo un muchacho de 17 años que anhelaba ser periodista y escritor y me dejó descolocado. No me he quitado de la cabeza esa frase. Era una manera de educar muy tremendista, como si hubiese sido creada por el mismísimo Camilo José Cela.
Creo que mi profesor, después de 40 años, habrá sucumbido a la muerte. Yo aún sigo vivo. Tengo 57 años. No sé cuándo me voy a morir. Sé que seguiré escribiendo y procurando hacer el mayor bien posible. Quiero a mi hijo. Me consta. Y quiero a más personas y siento que ese amor es real. Se han muerto muchas cosas en mi vida, pero no se ha muerto mi vida. Y no sé cuándo lo hará. No sé si es una victoria de la muerte o la carta en la manga de la vida. Ahora mismo me da igual. Voy a seguir rezando mientras viva. Y escribiré hasta que me quede una sola gota de tinta de máquina de escribir antigua. Esto sí puedo afirmarlo. Mientras el cuerpo aguante estoy aquí para todo. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Nº45 REVISTA LO+




Este ha sido un año difícil para nuestro blog, como habéis podido observar, han disminuido notablemente el número de artículos publicados y solo hemos editado  un número de nuestra revista. ¿Motivos?  Miles, unos para bien y otros para fatal, hace unos meses nos dejó uno de nuestros mas apreciados y productivos colaboradores, Jaime, él además de escribir buenos artículos, colaboraba en  las redes sociales y ayudaba a editar la revista, descanse en paz.  Otros, por suerte, han iniciado una etapa diferente marcada por la su recuperación, Silvia ha empezado a estudiar una carrera universitaria, David ha comenzado el acceso a la universidad para mayores de 40 años, Antonio se busca la vida haciendo pequeñas chapuzas y ayudando a muchos comercios del barrio a cambio de algo de dinero, está buscando empleo y seguro que lo encuentra, Miguel Ángel ha estado trabajando durante unos meses para el ayuntamiento y aunque ha vuelto a colaborar con nosotros, está deseando seguir en el mundo laboral. 
Por suerte contamos con nuestro incombustible José Cuadrado, el más ilustre y productivo de los autores del Blog, sin olvidar a Diego,  el gran observador y crítico social, YFC, comentarista y articulista habitual,  Jesús y sus trabajos sobre la psicología de las personas, Jorge, actual maquetador de la revista y encargado de publicar en redes sociales, Benjamín e Isaias, que nos dejan publicar artículos de su Blog personal, que ahora tienen abandonado y deberían retomarlo. También han empezado con nosotros Sara, José María y muchos otros. Nunca es tarde si la dicha es buena con lo que aquí tenéis el número 45 de nuestra revista LO+.

martes, 30 de octubre de 2018

CUANDO LOS CELOS SE DESBORDAN (segunda parte)

Estaba en como se iniciaron los celos en mi relación de pareja: contaba que desde que mi novia me contara que su compañero de trabajo no quería a su novia de verdad, a pesar de que estuviese con ella de novio, no dejé de pensar por momentos que clase de persona podía ser. Los celos surgieron como cuento más en casa que cuando estaba con ellos de visita en su trabajo. Entonces me dio por vigilarla.
Eso son los celos. Y no. Durante el tiempo que estuve sin fumar por una promesa a ella, seis meses, llegó el día en que desfallecí, a los tres meses. Decidí volver a fumar y me dirigí a una cafetería-pastelería que había cerca de mi casa a comprar tabaco. Cuando ya había sacado el tabaco apareció ella tras de mí: - "pero que estas haciendo", creo recordar que me dijo. De manera que tiré el paquete de tabaco y conseguí estar otros tres meses sin fumar. En total seis meses.
La alegría que desprendían los dos cuando estaban juntos influyó. Ella era muy alegre la mayor parte del tiempo y eso era algo muy positivo para mi pero en las circunstancias en que estaba fue negativo. Como decía ella  que había que disfrutar del sexo hasta “hacer palmas con las aletillas del chochete”, eso según me dijo se lo había dicho su compañero de trabajo. Contaré más tarde a que se debían estas ganas, pues influyó también en que aparecieran los celos.
Como decía empecé a vigilarla con el cuerpo descompuesto la mayor parte de las veces. En el momento en que se dirigía mi novia a su trabajo, sin hacer un cálculo preciso para estimar esos momentos pues no sabía con exactitud sus horarios, empecé a irme un par de días a los Jardines de Cristina a esperarla verla pasar en moto( también tenía coche) como logré ver un día. Los momentos en que se viven los celos son confusos y no se atina con muchas cosas. Puede más el malestar que la lucidez mental y la tranquilidad. La vi pasar  y esa noche me quedé tranquilo.
Pasaban los días y los celos iban y venían.
Al cabo del tiempo volvieron a surgir los celos y entonces decidí vigilarlos a los dos desde un lugar cercano a su trabajo mientras trabajaban. En esta ocasión se trataba de los jardines de enfrente del super 24 horas, los Jardines del Príncipe en los Remedios. De noche no había allí nadie. Y la zona daba casi frente a la puerta en que estaba la caja en la que trabajaba ella.

Jesús.
      

MI CASA

Yo vivo en la misma casa desde hace 26 años, desde 1992, un año muy simbólico por todos los acontecimientos que tuvieron lugar en él. Acontecimientos que no pude saborear por culpa de mi enfermedad que estaba en un momento crítico. Me hacía sufrir horrores y no pude disfrutar cuanto hubiera querido.
Me cambié de casa en 1992 y ya no me he vuelto a mudar. En ella he vivido toda clase de acontecimientos. Ahora me quiero referir a los que tienen que ver con la enfermedad, que es lo que tiene más importancia para el blog de la Ura.
Durante mis años de depresión, ya superada, pasaba muchos días enteros metidos en la cama. Mi casa era una prisión, una celda aún más pequeña donde me sentía prisionero, un ser impotente para escapar de sus dificultades diarias. Todo era un mundo. Cualquier pequeño detalle se convertía en inmenso. Y mi casa me provocaba una asfixia tremenda que me impedía casi por completo disfrutar de ella. Vivía en mi casa como podría vivir en cualquier otro sitio porque mi casa era sinónimo de sufrimiento, de padecimiento, de decadencia.
Mi casa no tenía para mí nada singular. Era un infierno. Me levantaba de la cama sólo para hacer mis necesidades y para comer algo, poco, de vez en cuando. Mi casa era la cama, el cuarto de baño y el frigorífico. No podía escapar de la rutina. Todo estaba desordenado. Tenía la casa abandonada. Acumulaba basura como si tuviera el síndrome de Diógenes. A veces no podía ni caminar de tantos trastos como tenía y en ocasiones la mesa de camilla estaba tan llena de porquería que me avergonzaba, pero el dolor era mayor que la vergüenza.

Era preso y no sabía cómo escapar. No tomaba medicación. No quería. Me negaba rotundamente. Hasta que llegó el momento en que empecé a tomar medicación y me puse mejor. Y empecé a salir de la cama, a limpiar mi casa, a ponerla ordenada, a vivir en definitiva en ella y no considerarla sólo un calabozo.
Salí del calabozo con mucho esfuerzo. La calle me resultaba extraña del tiempo que había permanecido encerrado en mi casa. Me sentía extraño entre la gente y me costaba mucho trabajo comunicarme con los demás y hacer las cosas más sencillas.
Me había atrofiado en la cama de tanto tiempo metido en ella. El edredón se había vuelto viejo de tanto usarlo. Había sido un esclavo de la enfermedad y me había dejado manipular claramente por ella.
Empecé a relacionarme de nuevo. Y también tuve que empezar a relacionarme con mi casa de una manera distinta. Ya no la veía como una cárcel, sino como mi sitio para vivir, para estar en el mundo, para escribir mis libros, para lavarme, para comer, para hacer muchas cosas ademas de aprisionarme en la cama y ser su esclavo.
Limpié hasta que puse mi casa muy bonita, pero me vine abajo de nuevo, aunque no con la misma intensidad, y se puso otra vez sucia. El suelo se puso negro de tanto pasar la fregona con la misma agua sucia. No cambiaba el agua. Sentía una pereza infinita. Me costaba un mundo hacer cualquier cosa por pequeña que fuera. Y poco a poco dejé que mi casa se volviera otra vez un estercolero, pero no por depresión , sino por dejadez, por abatimiento, por pereza. Simple y llana pereza, y un poco de sinsentido de la propia existencia.

Así pasaron varios años. Yo nunca dejé de escribir, pero no cuidaba mi casa. Comía sobre una silla para no tener que poner nunca la mesa. Colocaba en la silla un trapo y hacía de mantel y así era todo más rápido. Era la pereza que me comía, que se lo tragaba todo, que no me dejaba vivir en libertad y cuidar mi casa que cada vez estaba peor.
Hasta que llegó un día que me harté y dije basta. No puedo continuar así. No puedo vivir en una casa sucia, no puedo sentarme en un sillón que cada vez tiene los reposabrazos más negros de tanto sentarme sin limpiarlo.
Acordé conmigo mismo hacer una limpieza general de mi casa habitación por habitación. Empecé por las que estaban peor: la cocina y el cuarto de baño. La cocina estaba fatal. La hornilla daba pena verla, por no decir asco. El suelo acumulaba mierda de muchos años. Lo mismo el suelo del cuarto de baño. Y las paredes.
Contraté a una persona, un hombre concretamente, para que me ayudara porque no podía con tanto trabajo. Necesitaba un profesional. No diré su nombre. Se tomó muy a pecho su trabajo y no me cobraba mucho, sólo 7 euros por hora. Iba tres horas cada martes y poco a poco fue cambiando mi casa de arriba abajo. Limpiaba muy bien. Yo le surtía de todas las cosas que necesitaba, de todos los productos que eran necesarios para hacer una limpieza completa.
Trabajaba duro. Quería hacer las cosas solo. No quería que yo le ayudase. Estaba las tres horas trabajando como un stajanovista. No paraba en ningún momento. Nunca tomaba nada aunque siempre le ofrecía algo de beber. Tenía las cosas que me dijo que le gustaban, pero nunca tomó nada. No lo entiendo. Era un gran profesional que se tomaba muy en serio su trabajo.
Un día me confesó que le gustaba limpiar. Que lo suyo no era un trabajo por necesidad, sino por placer. Le gustaba limpiar. Increíble para mí que me había pasado tantos años en la cama sin limpiar nada. Para mi familia que yo limpiaba, pero la realidad era que yo no hacía nada. Parasitaba en la cama como cualquier chinchorro.
La casa fue tomando la forma que tenía cuando la cuidaba. Se veía el suelo muy limpio, reluciente. Él siempre me decía que mantuviera limpio lo que él limpiaba. Que no lo dejara, que no me volviera a abandonar para evitar que se acumulara de nuevo la mierda. Nos llevábamos muy bien, nos compenetrábamos.
Yo entraba ahora en mi casa con más alegría, lo veía todo limpio y me sentí muy dichoso. Mi sillón parecía nuevo, recién estrenado. Y así toda la casa. No tenía depresión, sólo bajones normales que puede tener cualquier persona. Nadie está libre de un momento de tristeza o abatimiento. Pero la depresión es una cosa más seria.
Mi problema ahora es otro como ya saben mis lectores habituales. Pero no la depresión. Tomo mi tratamiento desde hace años y he mejorado sustancialmente. De mi problema actual no estoy bien y me cuesta mucho trabajo superarlo, pero por lo menos mi casa ya no es una prisión. Mi cama ya no es un jergón donde tirarme días y días sin hacer nada, sólo vegetando y viendo pasar la vida como si yo fuera un inútil, un ser incapaz de nada.
Mi casa me ha costado mucho. 15 años pagando una hipoteca. Terminé de pagarla en 2007. El banco me cobró muchos intereses que me cabreaban, pero no tenía más remedio. El divorcio me había obligado a buscar otro lugar para vivir. Circunstancias de la vida que hoy están superadas. Es cierto que el tiempo cura siempre las heridas por dolorosas que puedan parecer.
Todo es cuestión de tiempo. Mi casa también. Hoy es un lugar que puedo enseñar con orgullo. Me lo he currado y he pasado mucho. Pero he conseguido volver a la limpieza de antaño y me siento orgulloso de mí mismo.
Es bonito sentirse orgulloso de uno mismo. Bastantes veces he caído en la falta de autoestima. Justo es reconocer ahora mis méritos por haber recuperado mi casa para vivir, para mucho más que dormir.
Bienvenidas sean las segundas oportunidades. Yo le he dado una segunda oportunidad a mi casa, es decir, me he dado una segunda oportunidad a mí mismo. Hay que saber luchar. Luchar es vivir, pero vivir no sólo es lucha. Es muchas otras cosas más. Por ejemplo: disfrutar de mi casa. Me siento feliz. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

jueves, 25 de octubre de 2018

NUESTRA GENTE


Como vamos a todas partes juntos el verano pasado teníamos este comentario, pues había una señorita que se llama Pepi, de 50 años de edad, que le gustaba yo y que como nos veía de vez en cuando en el bar  no dudaba en decirme que me quería, que saliera con ella y yo no deseaba en absoluto; viendo que el pájaro se le escapaba empezó a decir de mi amigo Ben que era mariquita y que estábamos juntos los dos, que estábamos liado cuando ella al igual que nosotros sufre una enfermedad mental y llegó tanto a odiar a Ben que un día se lo dijo a él con estas palabras “ni yo estoy loca ni yo soy tonta, pero tu eres mariquita”. Ben le respondió ¨pues tu estas loca y eres tonta somos amigos desde hace mas de 14 años” y ahí se quedó la cosa.                       
Nuestra amiga de movistar Eva nos la encontramos en el jardín paseando su dálmata, nos dio alegría verla y nos dijo que ya no trabajaba en movistar, que le habían despedido y que se iría a Barcelona de donde ella es originaria ,y que iría a Ibiza a trabajar de lo que le saliera entonces Ben le dijo que como estaba la cosa de trabajo que montara un pequeño negocio , de necesidad diaria que es lo que mejor conviene para un pequeño negocio; ella dijo que ya vería y se despidió de nosotros. 
Escucho en algunas personas el comentario, los dos inseparables de vez en cuando. Ya este año hemos comprado los polvorones, como todos los años, nos gusta disfrutar de las Navidades. Este año yo he sido por segunda vez abuelo gracias a nuestra querida nuera María Teresa y mi hijo Francisco José que han tenido un hermoso bebé de 3,720 kilos, un precioso niño llamado Daniel, es el regalo para mí, el más esperado    Ben dibuja cada vez mejor, nos fuimos a la cartuja el viernes y lo que no me esperaba era lo difícil que resulta aguantar cerca del wc sobre todo en la cartuja a donde están todos nuestros amigos. Fuimos a ver la hermana de Ben ,que nos atendió muy bien, después
llegó su sobrina y su novio porque era el cumple de Ben. Le regaló dinero para un pantalón.
El cumple fue el 9 de noviembre y lo celebramos en la casa, con un compañero llamado Miguelo experto en informática que hacía más de un año que no lo veíamos. De nuestra enfermedad cada día queda menos que hablar, cada vez estamos más cuerdo. Ben esta esperando los resultados de la alergia.

ODISEA ALBAÑILERA

Al principio eran dos,
después fueron tres,
y al final cinco.

Mi padre quiso hacer,
un bañito donde antes lo sacó;
eran dos locales,
después los convirtió en uno;
y ahora lo volvieron hacer dos.

¡ ODISEA ALBAÑILERA!
¡ ODISEA ALBAÑILERA!


Cuantas construcciones,
mi padre dijo,
que hizo en Argentina;
los obreros hicieron el trabajo,
y después se fueron de ahí
y él que es muy de derechas
cuantos obreros vio.

¡ ODISEA ALBAÑILERA!
¡ ODISEA ALBAÑILERA!

Las instituciones del estado,
están llenas de paganinis;
los obreros haciendo el trabajo
y ellos son los dueños,
porque pusieron el dinero

¡ ODISEA ALBAÑILERA!
¡ ODISEA ALBAÑILERA!


Francisco Manuel




lunes, 22 de octubre de 2018

ORACIÓN

Hay muchas formas de hacer frente a las enfermedades mentales (ya sabéis los que me seguís habitualmente que no me gusta esa terminología, pero así nos entendemos todos).
Hay formas radicales que no sirven de nada porque sólo llevan a la muerte o al hastío. A la muerte lleva por ejemplo el suicidio y eso no es solución de nada, es simplemente la aniquilación de toda esperanza, hacer que desaparezcan los problemas a la vez que la propia existencia. Inútil total.
Y hay cosas que llevan al hastío como meterse en la cama y dormir montones de horas o estar despierto pensando o huyendo de manera imposible de los pensamientos porque estos atacan siempre y pueden dejar muy malherido.
Hay formas constructivas de hacer frente a las enfermedades mentales. Se puede luchar con la medicación, que es imprescindible. Hace años yo era enemigo de las pastillas, pero ahora soy partidario acérrimo de la medicación. Lo comprobé en el único ingreso que he tenido en mi vida.
Se puede hacer frente a las enfermedades mentales con diversas terapias: individuales, colectivas, de pareja, etc. También con otras terapias alternativas menos tradicionales como la bioenergética, que yo tuve ocasión de practicar y me sentó francamente bien, pero no me hizo superar mis problemas ni los síntomas de mi enfermedad.
También sirve a veces la meditación combinada con la relajación. Ésta me ayuda mucho. La he hecho poco antes de empezar a escribir este artículo y me he quedado más tranquilo y con mejor disponibilidad para escribirlo.

Hoy quiero hablar de otra forma de hacer frente a la enfermedad: la oración.
Yo soy creyente. Mi religión es la cristiana y me considero una persona de fe. Tener fe y orar van unidos de la mano. Es imposible tener fe y no rezar porque rezar es la fórmula más normal de relación con Dios, de comunicación con el Altísimo.
Yo no soy mucho de ir a misa y asistir a la Eucaristía. Antes sí, pero me entró hace años la pereza y dejé de acudir. Pero nunca he dejado de rezar.
Yo rezo varias veces al día. Cuando me levanto es una de las primeras cosas que hago. Suelo rezar después de almorzar cuando ya me quedo tranquilo sentado en mi sillón azul. Rezo también a la caída de la tarde, cuando el sueño se va acercando y es propicio ponerse en contacto con Dios. Y rezo poco antes de dormir, como una manera perfecta de coger el sueño y estar en sintonía con el Altísimo.
Rezar es gratis. Si vas al cine a relajarte y olvidarte de los problemas te van a cobrar la entrada, más o menos dinero. Y eso es un ejemplo de los muchos que podría poner. Pero rezar interiormente o de viva voz es una actividad gratuita que sólo requiere un esfuerzo temporal y la satisfacción inmensa que produce. Y tiene muy grandes beneficios para la salud mental, para los problemas que se tengan relacionados con la enfermedad mental.
Yo rezo las oraciones tradicionales: el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria, etc. Rezo también oraciones que yo mismo he escrito y que son fruto de la complicidad directa que tengo con Dios. Él me comprende y sé que me disculpa que me salga de la línea tradicional del rezo. Me gusta escribir y escribí hace años un libro de poemas dedicado íntegramente a Dios titulado significativamente Grito. Eran 174 estrofas que eran a su vez 174 oraciones que le contaban a Dios muchas cosas. También había reproches porque mi relación con Él es de absoluta confianza y como amigos que creo que somos debo tener la confianza suficiente para decir cosa por cosa todo lo que pienso y siento, y eso incluye lo que no me gusta, las cosas con las que no estoy de acuerdo. El libro funcionó bien y recibí la aprobación de muchas personas creyentes que se sintieron identificadas conmigo porque mi libro era una forma también de rezar.

Rezo también una oración muy especial que descubrí cuando fui a Ávila en el año 2001 a visitar la casa natal de Santa Teresa de Jesús. Una casa muy humilde y muy bonita al mismo tiempo.
Había una pequeña tienda donde se vendían recuerdos de la visita y yo compré un pequeñito cuadro con una oración inventada por la propia Santa Teresa. Es decir: Santa Teresa también escribía oraciones como yo. Así que no es tan extraño lo que hago cuando escribo y me invento oraciones. Sus libros no son sino oraciones a Dios, su forma de transmitir toda su mística, toda su fe en Dios. Es su forma de transmitir a los demás su proximidad con Dios, su éxtasis en el que caía con frecuencia en un estado de espiritualidad máxima.
La oración que compré en la tiendecita de la casa de Santa Teresa es: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia toda lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta.
No se puede decir más con menos palabras. Me aprendí la oración de memoria en el mismo viaje y durante estos 17 años que han pasado del viaje la he rezado varias veces todos los días, muchas veces en momentos de dificultad extrema en los que me he sentido muy aliviado y reconfortado.
Por cierto: parece mentira que hayan pasado ya 17 años de mi visita a la casa de Santa Teresa de Jesús. Tenía yo 40 años. Pasa el tiempo tan deprisa que da miedo. Yo a veces siento miedo del rápido transcurrir del tiempo. Es imparable. La oración también alivia la angustia del paso del tiempo.
La oración en realidad alivia muchas angustias, no sólo las del paso del tiempo. Las angustias existenciales, los problemas cotidianos encuentran su alivio en la oración, sobre todo en la de Santa Teresa, una oración tremendamente sencilla, al alcance de cualquiera. La persona menos culta puede entenderla perfectamente. Es la sencillez por naturaleza. Es una forma de acercarse a Dios desde la profundidad y la sencillez al mismo tiempo. Santa Teresa sabía cómo hacerlo.

Después de Ávila he conocido a muchas personas que conocían esa oración. Así que es una oración popular, rezada por muchas personas, ampliamente difundida y que ha llegado a todos los confines del mundo.
Yo rezo y voy a seguir haciéndolo. Como voy a seguir tomando mi medicación para sentirme mejor y aliviar los síntomas. Y voy a seguir acudiendo a la psicóloga y a la psiquiatra. Ambas me alivian a su manera. Si yo no pongo de mi parte nadie lo va a poner por mí. Y tengo que seguir alejándome de las personas negativas y las personas que me hacen daño porque no hacen sino empeorar mi enfermedad.
Es decir: tengo que protegerme. No crear una coraza impenetrable sino una especie de aduana del alma que deje pasar sólo lo bueno, lo que me sirva de verdad, lo que me alivie, no las cosas que me causen daño. Tengo que estar siempre alerta porque soy una persona muy sensible y muchas cosas me afectan desmedidamente y he de mirar por mí.
El enfermo mental (para entendernos) tiene que mirar mucho por sí mismo porque ese alivio es fundamental para la recuperación o el mantenimiento. Y a ese mantenimiento hay que añadir todas las cosas positivas que ayuden. Y la oración es una cosa perfectamente válida que a mí me sirve.
Invito a la oración a todos los que sean creyentes y padezcan alguna enfermedad mental. Puede que encuentren el alivio que yo encuentro. Eso me haría muy feliz. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

jueves, 18 de octubre de 2018

LA BARBA

La barba ata al pasado,
fumar y fumar,
fumar y fumar;
una mujer cada muerte de obispo,
y fumar y fumar,
fumar y fumar.

La barba ata al pasado,
y yo me quiero afeitar,
para poderme renovar.

Francisco Manuel.


martes, 16 de octubre de 2018

¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL?

Es la gran discordia de la medicina actual, el 10 de octubre fue el día, menos mal que tenemos un día para las personas con esta discapacidad.
Es tan difícil ver los distintos parámetros del celebro, y el olvidado algunas veces, el cerebelo, el subconciente y el consiente, cada uno con su tarea distinta pero mezclado entre si, de esta forma a veces se confunden los mecanismos de cada uno de ellos. Cuando hay una actividad anormal, se original un desorden en la función del cuerpo a nivel distinto en cada persona de ahí la gran variedad de diagnósticos, NO SOMOS RAROS, solo distintos, en nuestra forma de actuar, y valorar las distintas ordenes de nuestro dos, digamos ordenadores. La disfunción que aparece puede ser al nacer y durante la vida misma en función de nuestra actividad, bien de trabajo, escolar, deportiva y emocional, algunos veces es tan radical que se muestra evidente y otras veces es mas complejo no sale, se queda dentro, y cuando sale es en forma explosiva. A veces, los síntomas, se pueden quedar en pasajeros, una vez terminado el inicio desencadenante de dicha acción, el problema es cuando se hace crónico, para toda la vida, y empiezan los problemas personales de cada persona, se cuestiona en primer lugar el ¿por qué a mi¨?, y tener que empezar a una NUEVA VIDA, con todo lo que conlleva, forma de actuar con las demás personas, intentar disimular los trastornos que se origina y la frustración de cada persona.


Servalabari.