jueves, 15 de noviembre de 2018
HAY QUE BAILAR
¡Bailar! ¡Bailar!
Hay que bailar
No tienen ni idea,
de diversión;
¿Como te vas,
a aprender la
lección?
El profesor no
baila,
el alcalde no baila;
la policía no
baila,
¡ Hay que bailar!
¡Bailar! ¡Bailar!
Viejos vinagres,
de corazón;
y ahora baila,
hasta la legión.
El profesor no
baila,
el alcalde no baila,
la policía no
baila.
¡Hay que bailar!
¡Bailar! ¡Bailar!
Francisco Manuel
lunes, 12 de noviembre de 2018
TODOS MORIMOS
Hace 40 años ahora que yo
estudiaba COU, es decir, Curso de Orientación Universitaria, lo que
era el antiguo PREU. Ahora ya el COU ha desaparecido, aunque no la
Selectividad.
Han pasado 40 años Dios mío.
Me estoy volviendo un poco viejo. Pero eso no interesa en estos
momentos, aunque a medida que avanza el tiempo estoy más cerca de la
muerte. Y esto sí interesa en estos momentos.
En COU yo tenía un profesor
de Filosofía que era también filósofo. En cierto modo todos somos
un poco filósofos porque todos de alguna manera tenemos una
concepción particular y privada de la existencia.
Este filósofo-profesor nos
enseñó muchas cosas, entre otras el amor a la propia filosofía. Ya
sabemos que la palabra filosofía significa amor al saber. En este
caso hablo del amor a la filosofía.
El profesor nos enseñó lo
que podía ser la vida según los filósofos. Para cada uno la vida
era una cosa distinta. Por ejemplo para el filósofo pesimista por
excelencia Schopenhauer el hombre es un ser para la nada. Después de
la muerte no hay nada. No sólo muere el cuerpo, sino que no hay alma
ninguna, ni paraísos terrenales, ni cielos ni infiernos. NADA. Como
el título de la novela de Carmen Laforet.
Era muy discutible la
concepción de la vida de Schopenhauer, pero hoy no estoy aquí para
discutirlo.
Para Kierkegaard el hombre era
un ser para la angustia. Sin duda esto es más demostrable. Todos
padecemos alguna vez angustia. Todos sentimos que nos desgarramos,
que echamos sangre por el alma, que nos desangramos como si fuéramos
bestias descuartizadas en un matadero. La filosofía de Kierkeggard
es, por así decirlo, más demostrable empíricamente.
Pero lo que a mí me importa
de verdad en este artículo es lo que me dijo una vez este profesor.
Me marcó para los 17 años que entonces tenía. Dijo: “La verdad
es que todos morimos”. No dijo nada más. Dejó que yo, incipiente
aprendiz de hombre, sacara mis propias conclusiones. Y durante estos
40 años que han pasado he ido sacando conclusiones de aquella
enseñanza y las he llevado a mis libros, a mis artículos, a mis
propias vivencias.
Mis padres, por ejemplo, han
muerto. Lo sé. Es un hecho objetivo. Sus cuerpos se han ido
corrompiendo lentamente en un cementerio. Ya sólo quedarán huesos.
Pero ellos siguen vivos en mí, en mi memoria, en las fotografías,
en los recuerdos de tantas cosas compartidas.
No sé si tienen alma. Y si la
tienen, no sé qué ha sido de ellas. No sé si hay cielo e infierno.
Y no sé si de haberlos han ido a un sitio o a otro. No tengo
evidencia de nada respecto a otras cosas. Sólo sé como decía mi
viejo profesor que todos morimos. Y ésa es una realidad
absolutamente evidente, al margen de filosofías de una u otra
naturaleza. Es el resumen de todas las filosofías: LA MUERTE.
No sé si es punto y final o
es punto y seguido. No sé nada. Sólo puedo hacer conjeturas, tener
mis propias teorías sobre el más acá y el más allá, especular.
Sobre eso se construye en gran medida la filosofía: sobre
especulaciones. Palabras y palabras. Sólo eso. Exprimir el
pensamiento para darle sentido a todo esto que hacemos mientras
estamos vivos. Exprimir el pensamiento hasta intentar dar con la
tecla de cuál es el sentido final de todo cuanto hacemos. Pura
filosofía. Pura mortalidad.
El hombre es un ser para la
muerte. Pero esto no puede quedar así. No puede ser tan simple. No
quiero creerlo. Tiene que haber algo más. Debe haber algo más.
Quiero que haya algo más. DESEO que haya algo más.
Mi fe me dice que crea en el
más allá. En que el hombre es un ser para la muerte y para un más
allá de la muerte. No hay para mí una distinción tan clara entre
la maldad y la bondad. No veo las cosas tan simples. No me gusta
simplificar. Mi profesor hablaba de los peligros de la simplificación
de conceptos. Y el concepto muerte es demasiado complejo como para
reducirlo a una mera reflexión. Sobre la muerte se puede hablar
tanto que un artículo como el mío sólo es un apunte de cuanto se
puede hablar y escribir sobre ella.
La muerte es algo muy
importante en la vida de un ser humano. Es el final de una etapa
llamada vida. Pero no sé si hay otra vida. No tengo evidencias. Sólo
puedo especular. Es decir, sólo puedo especular y llegar a todas las
conclusiones que me apetezcan. O aplicar mi fe y decir que creo en
Dios y que más allá de todo este teatro me espera una vida mejor.
Pero no puedo demostrar nada. Puedo rezar, pero no sé a qué o a
quién lo hago en realidad. No lo sé. Sólo sé que tengo que morir.
Como decía mi profesor, todos morimos. Es lo único que podemos
demostrar. No hace falta llamar a ningún forense que certifique
magistralmente la evidencia más absoluta de todo: QUE TODO TIENE UN
FIN.
Más allá de este fin
desconozco si hay otra cosa. Pero mientras viva quiero sacarle el
mayor partido a mi vida, a mis capacidades, a mis hipotéticos
talentos. Quiero seguir escribiendo libros, que son evidencias, no
simples especulaciones. Quiero seguir con mis novelas hasta que mis
fuerzas aguanten y me aguanten mis lectores. Quiero vivir y escribir.
En eso resumo mi vida. Y quiero amar, tener la sensación de que el
amor nunca muere. Aunque muera como cualquier cosa que sentimos
cuando morimos. La muerte es el final de los sentimientos, de las
emociones, de los deseos, de los anhelos, de las aspiraciones, de las
ambiciones, de las necesidades, de los porqués, de todo. Todos
morimos. Y cuando morimos lo hacemos absolutamente. No a medias o
poco a poco. Sino de forma absoluta. Existe un punto y final.
Para mí hay algo más. Yo
rezo como he dicho recientemente en un artículo, pero la muerte es
el final de muchas cosas al margen de que después de la muerte
puedan existir otras. La muerte supone el final de demasiadas cosas y
para las personas de fe supone también el principio de otras. Y no
sabemos cuándo morimos, que es lo mejor de todo. Se sabe cuándo
vamos a nacer casi con total exactitud. Pero nadie sabe cuándo va a
morir exactamente y no me vale el ejemplo de los suicidas. Esos
aniquilan la vida de manera cobarde. Hablo de la muerte muerte, de la
muerte poderosa que aniquila todo atisbo de existencia y se traga
todas las filosofías. Se traga la nada de Schopenhauer, la angustia
de Kierkegaard, el existencialismo de Jean-Paul Sartre, la
complejidad de Kant, el escepticismo de unos, el hedonismo de otros.
La muerte es un chupón terrible que se lo traga todo como un inmenso
desatascador que lo tragara todo con despiadada impiedad, valga el
juego de palabras.
Mi artículo ni es negativo ni
es positivo. No me gustan las categorías absolutas. Mi artículo
constata la realidad de la muerte, harto indiscutible. Puede haber
algo más allá de ella, algo indemostrable. No sé qué es la fe
pero creo en ella. Pero sí sé qué es la muerte. Y creo en ella
pero no me da la gana creerme que la muerte es la triunfadora. ¿Por
qué demonios tiene que ser la muerte la triunfadora? ¿No tendrá la
vida una carta guardada en la manga? ¿No habrá una estrategia
desconocida que nos espere más allá de tanto tanatorio y tanta
morgue?
Decía mi profesor y guardaba
silencio después que todos morimos. Dejaba en el aire la frase como
una terrible pregunta. Yo era sólo un muchacho de 17 años que
anhelaba ser periodista y escritor y me dejó descolocado. No me he
quitado de la cabeza esa frase. Era una manera de educar muy
tremendista, como si hubiese sido creada por el mismísimo Camilo
José Cela.
Creo que mi profesor, después
de 40 años, habrá sucumbido a la muerte. Yo aún sigo vivo. Tengo
57 años. No sé cuándo me voy a morir. Sé que seguiré escribiendo
y procurando hacer el mayor bien posible. Quiero a mi hijo. Me
consta. Y quiero a más personas y siento que ese amor es real. Se
han muerto muchas cosas en mi vida, pero no se ha muerto mi vida. Y
no sé cuándo lo hará. No sé si es una victoria de la muerte o la
carta en la manga de la vida. Ahora mismo me da igual. Voy a seguir
rezando mientras viva. Y escribiré hasta que me quede una sola gota
de tinta de máquina de escribir antigua. Esto sí puedo afirmarlo.
Mientras el cuerpo aguante estoy aquí para todo. Salud y suerte.
José
Cuadrado Morales
miércoles, 7 de noviembre de 2018
Nº45 REVISTA LO+
Este ha sido un año difícil para nuestro blog, como habéis podido observar, han disminuido notablemente el número de artículos publicados y solo hemos editado un número de nuestra revista. ¿Motivos? Miles, unos para bien y otros para fatal, hace unos meses nos dejó uno de nuestros mas apreciados y productivos colaboradores, Jaime, él además de escribir buenos artículos, colaboraba en las redes sociales y ayudaba a editar la revista, descanse en paz. Otros, por suerte, han iniciado una etapa diferente marcada por la su recuperación, Silvia ha empezado a estudiar una carrera universitaria, David ha comenzado el acceso a la universidad para mayores de 40 años, Antonio se busca la vida haciendo pequeñas chapuzas y ayudando a muchos comercios del barrio a cambio de algo de dinero, está buscando empleo y seguro que lo encuentra, Miguel Ángel ha estado trabajando durante unos meses para el ayuntamiento y aunque ha vuelto a colaborar con nosotros, está deseando seguir en el mundo laboral.
Por suerte contamos con nuestro incombustible José Cuadrado, el más ilustre y productivo de los autores del Blog, sin olvidar a Diego, el gran observador y crítico social, YFC, comentarista y articulista habitual, Jesús y sus trabajos sobre la psicología de las personas, Jorge, actual maquetador de la revista y encargado de publicar en redes sociales, Benjamín e Isaias, que nos dejan publicar artículos de su Blog personal, que ahora tienen abandonado y deberían retomarlo. También han empezado con nosotros Sara, José María y muchos otros. Nunca es tarde si la dicha es buena con lo que aquí tenéis el número 45 de nuestra revista LO+.
martes, 30 de octubre de 2018
CUANDO LOS CELOS SE DESBORDAN (segunda parte)
Estaba en como se iniciaron los
celos en mi relación de pareja: contaba que desde que mi novia me contara que
su compañero de trabajo no quería a su novia de verdad, a pesar de que estuviese
con ella de novio, no dejé de pensar por momentos que clase de persona podía
ser. Los celos surgieron como cuento más en casa que cuando estaba con ellos de
visita en su trabajo. Entonces me dio por vigilarla.
Eso son los celos. Y no. Durante
el tiempo que estuve sin fumar por una promesa a ella, seis meses, llegó el día
en que desfallecí, a los tres meses. Decidí volver a fumar y me dirigí a una cafetería-pastelería que había cerca de mi casa a comprar tabaco. Cuando ya
había sacado el tabaco apareció ella tras de mí: - "pero que estas haciendo", creo
recordar que me dijo. De manera que tiré el paquete de tabaco y conseguí estar
otros tres meses sin fumar. En total seis meses.
La alegría que desprendían los
dos cuando estaban juntos influyó. Ella era muy alegre la mayor parte del
tiempo y eso era algo muy positivo para mi pero en las circunstancias en que
estaba fue negativo. Como decía ella que había que disfrutar del sexo hasta “hacer
palmas con las aletillas del chochete”, eso según me dijo se lo había dicho su compañero
de trabajo. Contaré más tarde a que se debían estas ganas, pues influyó también
en que aparecieran los celos.
Pasaban los días y los celos iban
y venían.
Al cabo del tiempo volvieron a
surgir los celos y entonces decidí vigilarlos a los dos desde un lugar cercano
a su trabajo mientras trabajaban. En esta ocasión se trataba de los jardines de
enfrente del super 24 horas, los Jardines del Príncipe en los Remedios. De
noche no había allí nadie. Y la zona daba casi frente a la puerta en que estaba
la caja en la que trabajaba ella.
Jesús.
MI CASA
Yo vivo en la misma casa desde
hace 26 años, desde 1992, un año muy simbólico por todos los
acontecimientos que tuvieron lugar en él. Acontecimientos que no
pude saborear por culpa de mi enfermedad que estaba en un momento
crítico. Me hacía sufrir horrores y no pude disfrutar cuanto
hubiera querido.
Me cambié de casa en 1992 y
ya no me he vuelto a mudar. En ella he vivido toda clase de
acontecimientos. Ahora me quiero referir a los que tienen que ver con
la enfermedad, que es lo que tiene más importancia para el blog de
la Ura.
Durante mis años de
depresión, ya superada, pasaba muchos días enteros metidos en la
cama. Mi casa era una prisión, una celda aún más pequeña donde me
sentía prisionero, un ser impotente para escapar de sus dificultades
diarias. Todo era un mundo. Cualquier pequeño detalle se convertía
en inmenso. Y mi casa me provocaba una asfixia tremenda que me
impedía casi por completo disfrutar de ella. Vivía en mi casa como
podría vivir en cualquier otro sitio porque mi casa era sinónimo de
sufrimiento, de padecimiento, de decadencia.
Mi casa no tenía para mí
nada singular. Era un infierno. Me levantaba de la cama sólo para
hacer mis necesidades y para comer algo, poco, de vez en cuando. Mi
casa era la cama, el cuarto de baño y el frigorífico. No podía
escapar de la rutina. Todo estaba desordenado. Tenía la casa
abandonada. Acumulaba basura como si tuviera el síndrome de
Diógenes. A veces no podía ni caminar de tantos trastos como tenía
y en ocasiones la mesa de camilla estaba tan llena de porquería que
me avergonzaba, pero el dolor era mayor que la vergüenza.
Era preso y no sabía cómo
escapar. No tomaba medicación. No quería. Me negaba rotundamente.
Hasta que llegó el momento en que empecé a tomar medicación y me
puse mejor. Y empecé a salir de la cama, a limpiar mi casa, a
ponerla ordenada, a vivir en definitiva en ella y no considerarla
sólo un calabozo.
Salí del calabozo con mucho
esfuerzo. La calle me resultaba extraña del tiempo que había
permanecido encerrado en mi casa. Me sentía extraño entre la gente
y me costaba mucho trabajo comunicarme con los demás y hacer las
cosas más sencillas.
Me había atrofiado en la cama
de tanto tiempo metido en ella. El edredón se había vuelto viejo de
tanto usarlo. Había sido un esclavo de la enfermedad y me había
dejado manipular claramente por ella.
Empecé a relacionarme de
nuevo. Y también tuve que empezar a relacionarme con mi casa de una
manera distinta. Ya no la veía como una cárcel, sino como mi sitio
para vivir, para estar en el mundo, para escribir mis libros, para
lavarme, para comer, para hacer muchas cosas ademas de aprisionarme
en la cama y ser su esclavo.
Limpié hasta que puse mi casa
muy bonita, pero me vine abajo de nuevo, aunque no con la misma
intensidad, y se puso otra vez sucia. El suelo se puso negro de tanto
pasar la fregona con la misma agua sucia. No cambiaba el agua. Sentía
una pereza infinita. Me costaba un mundo hacer cualquier cosa por
pequeña que fuera. Y poco a poco dejé que mi casa se volviera otra
vez un estercolero, pero no por depresión , sino por dejadez, por
abatimiento, por pereza. Simple y llana pereza, y un poco de
sinsentido de la propia existencia.
Así pasaron varios años. Yo
nunca dejé de escribir, pero no cuidaba mi casa. Comía sobre una
silla para no tener que poner nunca la mesa. Colocaba en la silla un
trapo y hacía de mantel y así era todo más rápido. Era la pereza
que me comía, que se lo tragaba todo, que no me dejaba vivir en
libertad y cuidar mi casa que cada vez estaba peor.
Hasta que llegó un día que
me harté y dije basta. No puedo continuar así. No puedo vivir en
una casa sucia, no puedo sentarme en un sillón que cada vez tiene
los reposabrazos más negros de tanto sentarme sin limpiarlo.
Acordé conmigo mismo hacer
una limpieza general de mi casa habitación por habitación. Empecé
por las que estaban peor: la cocina y el cuarto de baño. La cocina
estaba fatal. La hornilla daba pena verla, por no decir asco. El
suelo acumulaba mierda de muchos años. Lo mismo el suelo del cuarto
de baño. Y las paredes.
Contraté a una persona, un
hombre concretamente, para que me ayudara porque no podía con tanto
trabajo. Necesitaba un profesional. No diré su nombre. Se tomó muy
a pecho su trabajo y no me cobraba mucho, sólo 7 euros por hora. Iba
tres horas cada martes y poco a poco fue cambiando mi casa de arriba
abajo. Limpiaba muy bien. Yo le surtía de todas las cosas que
necesitaba, de todos los productos que eran necesarios para hacer una
limpieza completa.
Trabajaba duro. Quería hacer
las cosas solo. No quería que yo le ayudase. Estaba las tres horas
trabajando como un stajanovista. No paraba en ningún momento. Nunca
tomaba nada aunque siempre le ofrecía algo de beber. Tenía las
cosas que me dijo que le gustaban, pero nunca tomó nada. No lo
entiendo. Era un gran profesional que se tomaba muy en serio su
trabajo.
Un día me confesó que le
gustaba limpiar. Que lo suyo no era un trabajo por necesidad, sino
por placer. Le gustaba limpiar. Increíble para mí que me había
pasado tantos años en la cama sin limpiar nada. Para mi familia que
yo limpiaba, pero la realidad era que yo no hacía nada. Parasitaba
en la cama como cualquier chinchorro.
La casa fue tomando la forma
que tenía cuando la cuidaba. Se veía el suelo muy limpio,
reluciente. Él siempre me decía que mantuviera limpio lo que él
limpiaba. Que no lo dejara, que no me volviera a abandonar para
evitar que se acumulara de nuevo la mierda. Nos llevábamos muy bien,
nos compenetrábamos.
Yo entraba ahora en mi casa
con más alegría, lo veía todo limpio y me sentí muy dichoso. Mi
sillón parecía nuevo, recién estrenado. Y así toda la casa. No
tenía depresión, sólo bajones normales que puede tener cualquier
persona. Nadie está libre de un momento de tristeza o abatimiento.
Pero la depresión es una cosa más seria.
Mi problema ahora es otro como
ya saben mis lectores habituales. Pero no la depresión. Tomo mi
tratamiento desde hace años y he mejorado sustancialmente. De mi
problema actual no estoy bien y me cuesta mucho trabajo superarlo,
pero por lo menos mi casa ya no es una prisión. Mi cama ya no es un
jergón donde tirarme días y días sin hacer nada, sólo vegetando y
viendo pasar la vida como si yo fuera un inútil, un ser incapaz de
nada.
Mi casa me ha costado mucho.
15 años pagando una hipoteca. Terminé de pagarla en 2007. El banco
me cobró muchos intereses que me cabreaban, pero no tenía más
remedio. El divorcio me había obligado a buscar otro lugar para
vivir. Circunstancias de la vida que hoy están superadas. Es cierto
que el tiempo cura siempre las heridas por dolorosas que puedan
parecer.
Todo es cuestión de tiempo.
Mi casa también. Hoy es un lugar que puedo enseñar con orgullo. Me
lo he currado y he pasado mucho. Pero he conseguido volver a la
limpieza de antaño y me siento orgulloso de mí mismo.
Es bonito sentirse orgulloso
de uno mismo. Bastantes veces he caído en la falta de autoestima.
Justo es reconocer ahora mis méritos por haber recuperado mi casa
para vivir, para mucho más que dormir.
Bienvenidas sean las segundas
oportunidades. Yo le he dado una segunda oportunidad a mi casa, es
decir, me he dado una segunda oportunidad a mí mismo. Hay que saber
luchar. Luchar es vivir, pero vivir no sólo es lucha. Es muchas
otras cosas más. Por ejemplo: disfrutar de mi casa. Me siento feliz.
Salud y suerte.
José
Cuadrado Morales
jueves, 25 de octubre de 2018
NUESTRA GENTE
Como vamos a todas partes juntos el verano pasado teníamos
este comentario, pues había una señorita que se llama Pepi, de 50 años de edad,
que le gustaba yo y que como nos veía de vez en cuando en el bar no dudaba en decirme que me quería, que
saliera con ella y yo no deseaba en absoluto; viendo que el pájaro se le
escapaba empezó a decir de mi amigo Ben que era mariquita y que estábamos
juntos los dos, que estábamos liado cuando ella al igual que nosotros sufre una
enfermedad mental y llegó tanto a odiar a Ben que un día se lo dijo a él con
estas palabras “ni yo estoy loca ni yo soy tonta, pero tu eres mariquita”. Ben
le respondió ¨pues tu estas loca y eres tonta somos amigos desde hace mas de 14
años” y ahí se quedó la cosa.
Nuestra amiga de movistar Eva nos la encontramos en el
jardín paseando su dálmata, nos dio alegría verla y nos dijo que ya no
trabajaba en movistar, que le habían despedido y que se iría a Barcelona de
donde ella es originaria ,y que iría a Ibiza a trabajar de lo que le saliera
entonces Ben le dijo que como estaba la cosa de trabajo que montara un pequeño
negocio , de necesidad diaria que es lo que mejor conviene para un pequeño
negocio; ella dijo que ya vería y se despidió de nosotros.
Escucho en algunas
personas el comentario, los dos inseparables de vez en cuando. Ya este año
hemos comprado los polvorones, como todos los años, nos gusta disfrutar de las
Navidades. Este año yo he sido por segunda vez abuelo gracias a nuestra querida
nuera María Teresa y mi hijo Francisco José que han tenido un hermoso bebé de
3,720 kilos, un precioso niño llamado Daniel, es el regalo para mí, el más
esperado Ben dibuja cada vez mejor, nos fuimos a la
cartuja el viernes y lo que no me esperaba era lo difícil que resulta aguantar
cerca del wc sobre todo en la cartuja a donde están todos nuestros amigos. Fuimos
a ver la hermana de Ben ,que nos atendió muy bien, después
Escucho en algunas
personas el comentario, los dos inseparables de vez en cuando. Ya este año
hemos comprado los polvorones, como todos los años, nos gusta disfrutar de las
Navidades. Este año yo he sido por segunda vez abuelo gracias a nuestra querida
nuera María Teresa y mi hijo Francisco José que han tenido un hermoso bebé de
3,720 kilos, un precioso niño llamado Daniel, es el regalo para mí, el más
esperado Ben dibuja cada vez mejor, nos fuimos a la
cartuja el viernes y lo que no me esperaba era lo difícil que resulta aguantar
cerca del wc sobre todo en la cartuja a donde están todos nuestros amigos. Fuimos
a ver la hermana de Ben ,que nos atendió muy bien, después
llegó su sobrina y su novio porque era el cumple de Ben. Le
regaló dinero para un pantalón.
El cumple fue el 9 de noviembre y lo celebramos en la casa, con
un compañero llamado Miguelo experto en informática que hacía más de un año que
no lo veíamos. De nuestra enfermedad cada día queda menos que hablar, cada vez
estamos más cuerdo. Ben esta esperando los resultados de la alergia.
ODISEA ALBAÑILERA
Al principio eran
dos,
después fueron
tres,
y al final cinco.
Mi padre quiso
hacer,
un bañito donde
antes lo sacó;
eran dos locales,
después los
convirtió en uno;
y ahora lo volvieron
hacer dos.
¡ ODISEA
ALBAÑILERA!
¡ ODISEA ALBAÑILERA!
Cuantas
construcciones,
mi padre dijo,
que hizo en
Argentina;
los obreros hicieron
el trabajo,
y después se fueron
de ahí
y él que es muy de
derechas
cuantos obreros vio.
¡ ODISEA
ALBAÑILERA!
¡ ODISEA
ALBAÑILERA!
Las instituciones
del estado,
están llenas de
paganinis;
los obreros haciendo
el trabajo
y ellos son los
dueños,
porque pusieron el
dinero
¡ ODISEA
ALBAÑILERA!
¡ ODISEA ALBAÑILERA!
Francisco Manuel
lunes, 22 de octubre de 2018
ORACIÓN
Hay muchas formas de hacer
frente a las enfermedades mentales (ya sabéis los que me seguís
habitualmente que no me gusta esa terminología, pero así nos
entendemos todos).
Hay formas radicales que no
sirven de nada porque sólo llevan a la muerte o al hastío. A la
muerte lleva por ejemplo el suicidio y eso no es solución de nada,
es simplemente la aniquilación de toda esperanza, hacer que
desaparezcan los problemas a la vez que la propia existencia. Inútil
total.
Y hay cosas que llevan al
hastío como meterse en la cama y dormir montones de horas o estar
despierto pensando o huyendo de manera imposible de los pensamientos
porque estos atacan siempre y pueden dejar muy malherido.
Hay formas constructivas de
hacer frente a las enfermedades mentales. Se puede luchar con la
medicación, que es imprescindible. Hace años yo era enemigo de las
pastillas, pero ahora soy partidario acérrimo de la medicación. Lo
comprobé en el único ingreso que he tenido en mi vida.
Se puede hacer frente a las
enfermedades mentales con diversas terapias: individuales,
colectivas, de pareja, etc. También con otras terapias alternativas
menos tradicionales como la bioenergética, que yo tuve ocasión de
practicar y me sentó francamente bien, pero no me hizo superar mis
problemas ni los síntomas de mi enfermedad.
También sirve a veces la
meditación combinada con la relajación. Ésta me ayuda mucho. La he
hecho poco antes de empezar a escribir este artículo y me he quedado
más tranquilo y con mejor disponibilidad para escribirlo.
Hoy quiero hablar de otra
forma de hacer frente a la enfermedad: la oración.
Yo soy creyente. Mi religión
es la cristiana y me considero una persona de fe. Tener fe y orar van
unidos de la mano. Es imposible tener fe y no rezar porque rezar es
la fórmula más normal de relación con Dios, de comunicación con
el Altísimo.
Yo no soy mucho de ir a misa y
asistir a la Eucaristía. Antes sí, pero me entró hace años la
pereza y dejé de acudir. Pero nunca he dejado de rezar.
Yo rezo varias veces al día.
Cuando me levanto es una de las primeras cosas que hago. Suelo rezar
después de almorzar cuando ya me quedo tranquilo sentado en mi
sillón azul. Rezo también a la caída de la tarde, cuando el sueño
se va acercando y es propicio ponerse en contacto con Dios. Y rezo
poco antes de dormir, como una manera perfecta de coger el sueño y
estar en sintonía con el Altísimo.
Rezar es gratis. Si vas al
cine a relajarte y olvidarte de los problemas te van a cobrar la
entrada, más o menos dinero. Y eso es un ejemplo de los muchos que
podría poner. Pero rezar interiormente o de viva voz es una
actividad gratuita que sólo requiere un esfuerzo temporal y la
satisfacción inmensa que produce. Y tiene muy grandes beneficios
para la salud mental, para los problemas que se tengan relacionados
con la enfermedad mental.
Yo rezo las oraciones
tradicionales: el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria, etc. Rezo
también oraciones que yo mismo he escrito y que son fruto de la
complicidad directa que tengo con Dios. Él me comprende y sé que me
disculpa que me salga de la línea tradicional del rezo. Me gusta
escribir y escribí hace años un libro de poemas dedicado
íntegramente a Dios titulado significativamente Grito. Eran 174
estrofas que eran a su vez 174 oraciones que le contaban a Dios
muchas cosas. También había reproches porque mi relación con Él
es de absoluta confianza y como amigos que creo que somos debo tener
la confianza suficiente para decir cosa por cosa todo lo que pienso y
siento, y eso incluye lo que no me gusta, las cosas con las que no
estoy de acuerdo. El libro funcionó bien y recibí la aprobación de
muchas personas creyentes que se sintieron identificadas conmigo
porque mi libro era una forma también de rezar.
Rezo también una oración muy
especial que descubrí cuando fui a Ávila en el año 2001 a visitar
la casa natal de Santa Teresa de Jesús. Una casa muy humilde y muy
bonita al mismo tiempo.
Había una pequeña tienda
donde se vendían recuerdos de la visita y yo compré un pequeñito
cuadro con una oración inventada por la propia Santa Teresa. Es
decir: Santa Teresa también escribía oraciones como yo. Así que no
es tan extraño lo que hago cuando escribo y me invento oraciones.
Sus libros no son sino oraciones a Dios, su forma de transmitir toda
su mística, toda su fe en Dios. Es su forma de transmitir a los
demás su proximidad con Dios, su éxtasis en el que caía con
frecuencia en un estado de espiritualidad máxima.
La oración que compré en la
tiendecita de la casa de Santa Teresa es: Nada te turbe, nada te
espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia toda lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta.
No se puede decir más con
menos palabras. Me aprendí la oración de memoria en el mismo viaje
y durante estos 17 años que han pasado del viaje la he rezado varias
veces todos los días, muchas veces en momentos de dificultad
extrema en los que me he sentido muy aliviado y reconfortado.
Por cierto: parece mentira que
hayan pasado ya 17 años de mi visita a la casa de Santa Teresa de
Jesús. Tenía yo 40 años. Pasa el tiempo tan deprisa que da miedo.
Yo a veces siento miedo del rápido transcurrir del tiempo. Es
imparable. La oración también alivia la angustia del paso del
tiempo.
La oración en realidad alivia
muchas angustias, no sólo las del paso del tiempo. Las angustias
existenciales, los problemas cotidianos encuentran su alivio en la
oración, sobre todo en la de Santa Teresa, una oración
tremendamente sencilla, al alcance de cualquiera. La persona menos
culta puede entenderla perfectamente. Es la sencillez por naturaleza.
Es una forma de acercarse a Dios desde la profundidad y la sencillez
al mismo tiempo. Santa Teresa sabía cómo hacerlo.
Después de Ávila he conocido
a muchas personas que conocían esa oración. Así que es una oración
popular, rezada por muchas personas, ampliamente difundida y que ha
llegado a todos los confines del mundo.
Yo rezo y voy a seguir
haciéndolo. Como voy a seguir tomando mi medicación para sentirme
mejor y aliviar los síntomas. Y voy a seguir acudiendo a la
psicóloga y a la psiquiatra. Ambas me alivian a su manera. Si yo no
pongo de mi parte nadie lo va a poner por mí. Y tengo que seguir
alejándome de las personas negativas y las personas que me hacen
daño porque no hacen sino empeorar mi enfermedad.
Es decir: tengo que
protegerme. No crear una coraza impenetrable sino una especie de
aduana del alma que deje pasar sólo lo bueno, lo que me sirva de
verdad, lo que me alivie, no las cosas que me causen daño. Tengo que
estar siempre alerta porque soy una persona muy sensible y muchas
cosas me afectan desmedidamente y he de mirar por mí.
El enfermo mental (para
entendernos) tiene que mirar mucho por sí mismo porque ese alivio es
fundamental para la recuperación o el mantenimiento. Y a ese
mantenimiento hay que añadir todas las cosas positivas que ayuden. Y
la oración es una cosa perfectamente válida que a mí me sirve.
Invito a la oración a todos
los que sean creyentes y padezcan alguna enfermedad mental. Puede que
encuentren el alivio que yo encuentro. Eso me haría muy feliz. Salud
y suerte.
José
Cuadrado Morales
jueves, 18 de octubre de 2018
LA BARBA
La barba ata al
pasado,
fumar y fumar,
fumar y fumar;
una mujer cada
muerte de obispo,
y fumar y fumar,
fumar y fumar.
La barba ata al
pasado,
y yo me quiero
afeitar,
para poderme
renovar.
Francisco Manuel.
martes, 16 de octubre de 2018
¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL?
Es
la gran discordia de la medicina actual, el 10 de octubre fue el día, menos mal que tenemos un día para las personas con esta
discapacidad.
Es
tan difícil ver los distintos parámetros del celebro, y el olvidado
algunas veces, el cerebelo, el subconciente y el consiente, cada uno
con su tarea distinta pero mezclado entre si, de esta forma a veces
se confunden los mecanismos de cada uno de ellos. Cuando hay una
actividad anormal, se original un desorden en la función del cuerpo
a nivel distinto en cada persona de ahí la gran variedad de diagnósticos, NO SOMOS RAROS, solo distintos, en nuestra forma
de actuar, y valorar las distintas ordenes de nuestro dos, digamos
ordenadores. La disfunción que aparece puede ser al nacer y durante
la vida misma en función de nuestra actividad, bien de trabajo,
escolar, deportiva y emocional, algunos veces es tan radical que se
muestra evidente y otras veces es mas complejo no sale, se queda
dentro, y cuando sale es en forma explosiva. A veces, los síntomas,
se pueden quedar en pasajeros, una vez terminado el inicio
desencadenante de dicha acción, el problema es cuando se hace crónico, para toda la vida, y empiezan los problemas personales de
cada persona, se cuestiona en primer lugar el ¿por qué a mi¨?, y
tener que empezar a una NUEVA VIDA, con todo lo que conlleva, forma
de actuar con las demás personas, intentar disimular los trastornos
que se origina y la frustración de cada persona.
Servalabari.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















