jueves, 19 de marzo de 2015

MI PADRE

Éste es un artículo como el de “Mi madre”, que no necesita guión previo porque está escrito por la propia vida, por el cerebro, por las experiencias vividas y compartidas con mi padre.
Parece que fue ayer, pero han pasado casi 23 años desde aquel 25 de octubre de 1992 cuando yo, la que entonces era mi mujer y mi hijo de sólo 2 años fuimos a casa de mis padres a visitarlos. Mi hijo guarda memoria de aquello, lo que me dice que tiene una memoria afectiva muy grande, de la que me enorgullezco. Estábamos viendo un partido de fútbol en el que participaba el Barcelona cuando mi padre se puso muy mal y tuvimos que irnos para el Hospital Virgen Macarena.
Allí lo colocaron en un carrito en un pasillo, como si fuera un mueble más, lo ataron a una máquina que sólo marcaba ceros. Según mi cuñado eso significaba que mi padre tenía la muerte clínica, que en cuanto lo desconectaran  de la máquina fallecería. Me dio un vuelco el corazón. Le preguntaron a mi padre qué familiar quería que se quedara con él y mi padre me escogió a mí. Nunca sabré por qué porque era absurdo preguntarle sus razones. El caso es que yo me quedé con mi padre a solas. Era la última conversación de su vida, algo que me marcó mucho.
Estaba de buen humor a pesar de todo. Bromeaba con el pijama que le habían puesto porque decía que le hacía muy erótico porque estaba muy despechugado. Me contó un chiste. Yo le agarraba la mano constantemente. Creo que nunca había estado tan cerca físicamente de mi padre como en aquella conversación, la última de su vida. Dedicada a mí. Nunca se lo agradeceré bastante a mi padre. Y no sé lo que pensaron mi madre y mis hermanas de ello. El caso es que yo fui el último en ver a mi padre con vida.
Efectivamente: cuando yo lo dejé lo desconectaron de la máquina y murió. Mi cuñado nos informó de la mala noticia y me causó un shock tremendo. Me quedé muy deprimido, pero feliz al mismo tiempo porque había estado con mi padre poco antes de morir.
Lo llevaron el tanatorio. Mucha gente pasó por allí: amigos porque entonces yo tenía por mi condición de escritor muchas relaciones sociales, familiares, etc… Y en la iglesia hubo mucha gente porque mi padre nunca hizo mal a nadie y conocía a mucha gente por su carácter afable y su condición machadiana de hombre bueno.
Pero retrocedamos en el tiempo: mi padre conoció a mi madre y estuvieron 12 años de novios. Entonces se estilaban los noviazgos largos y con carabina. Allá donde iban los dos tenía que ir una persona vigilando todo lo que hacían. Después se casaron el 18 de abril de 1959 y estuvieron 33 años casados. Un matrimonio feliz a pesar de todas las adversidades que tuvieron que pasar.
Se fueron de viaje de novios a Asturias. Y decidieron quedarse a vivir allí. Antes de la boda mi madre le lanzó un ultimátum a mi padre: “O el fútbol profesional o yo”. Mi padre era futbolista profesional y abandonó su carrera para estar con mi madre. Pero en Asturias mi madre tuvo que ceder para poder vivir y mi padre se enroló en las filas del Ensidesa, un equipo puntero de entonces que hoy jugaría en la Segunda División, llamada Liga Adelante. El fútbol era el medio de vida de mis padres.
Pero mis padres no contaban con que mi padre se iba a poner malo de los nervios por culpa del clima tan malo del norte y se tuvieron que volver para Sevilla en diciembre de 1959. En febrero nacería mi hermana mayor, que por los pelos no es asturiana. Y por los pelos yo no soy asturiano porque vine poco después.
En Sevilla mi padre trabajó en otros dos oficios: pintor de brocha gorda y camarero. Como pintor trabajaba por su cuenta en todo lo que le salía. Recuerdo cuando pintaba nuestra casa cómo cantaba flamenco, una de sus pasiones. Cantaba divinamente y podría haberse dedicado profesionalmente al cante, pero la enfermedad de nervios se lo impedía. Eran otros tiempos y la enfermedad mental estaba más estigmatizada aún que ahora. Yo veía a mi padre feliz cantando y me sentía feliz por ello, pero no se lo manifestaba. Era muy  cerrado en la expresión de sentimientos con mi padre.
En cuanto a camarero trabajaba para un tal Sr. D. Juan, que tenía dos bares: el Bar Sevilla en la calle Marqués de Paradas y el Bar La alegría de San Marcos en la Plaza de San Marcos, ambos de Sevilla capital. Aquí trabajaba como es lógico por cuenta ajena. Recuerdo que el Bar La Alegría estaba pegado a la capilla de la Hermandad de Los Servitas, de la que mi padre me hizo hermano con sólo 10 años cuando todavía no aceptaban a niños en la cofradía, pero le hizo el favor un amigo de la Hermandad que frecuentaba el bar. Llevo 43 años de Hermano. Tengo el número 72 y me siento orgulloso de haber sido nazareno y costalero con tan sólo 13 años del paso del  Cristo de la Providencia y Nuestra Señora de los Dolores. Mis padres también se sentían orgullosos de mí porque invertía mi tiempo en cosas positivas.
Por sus problemas de nervios mi padre estaba de baja una y otra vez , y mi madre tenía que dar la cara continuamente ante el Sr. D. Juan. Se humillaba para que no despidieran a mi padre. El dueño de los bares aguantó durante años los altibajos de mi padre hasta que se hartó y lo despidió. Recuerdo que yo estuve en el acto de conciliación. Le dieron una miseria de dinero y lo despidieron sin  más. Recuerdo que odié al Sr. D. Juan cuando despidió a mi padre y vi lo mal que éste se había quedado, pero no dije nada. No había nada que hacer.
En los malos momentos mi madre sacaba adelante a la familia: trabajaba en lo que fuera, vendiendo pescado por las casas, sirviendo en varias casas, cosiendo para la calle, todo lo que saliera y fuera honesto. Mi madre tenía un carácter muy fuerte que ya expliqué en el artículo dedicado a ella.
Cuando echaron a mi padre del trabajo no se arredró. Alquiló a un tío de mi madre una  taberna y la llevó conmigo durante dos años. Él trabajaba por la mañana y yo por las tardes. Abría también la tarde del sábado y la mañana del domingo. Sólo cerrábamos lo domingos por la tarde, que era un desierto la Plaza de San Marcos. Me siento orgulloso de este trabajo de tabernero. Creo que es el trabajo en el que más feliz me he sentido, y han sido muchos.
Llegó 1986 e hice las Oposiciones a la Junta de Andalucía como Auxiliar Administrativo. Las aprobé y conseguí la exclusiva: trabajaba mañana y tarde, por lo que tuve que dejar la taberna. Mi padre entonces la cerró porque no se encontraba con fuerzas de estar todo el día en ella. Se dedicó entonces a vender papeletas y cupones hasta su muerte. Con eso y su pensión por enfermedad fue tirando hasta el final de sus días. Mi madre estuvo siempre a su lado.
Mi padre padecía de dipsomanía, asociada fundamentalmente a la cerveza. La superó después de varios años luchando con psicoterapia, pastillas y la ayuda de un neuropsiquiatra llamado Jesús Romero, que sería el primer médico en verme a mí cuando yo caí malo de los nervios. Ya estaba muy mayor y no se encontraba para muchos trotes.
También padecía de fugas epilépticas, es decir, se iba de vez en cuando varios días a un sitio que sólo él sabía y dejaba a mi madre con el corazón en un puño. Aparecía oliendo mal. Normalmente se iba al río. Solía traerme un regalo, como para pedirme perdón por hacerme daño al sufrir por no saber qué era de él durante los días que estaba fugado. Yo veía su cara triste y apenas le demostraba afecto. Le daba un golpe en la espalda de apoyo y poco más. Quizás le culpabilizaba por estar yo malo de los nervios. Nunca lo sabré.
Los últimos años fueron los más felices de su vida. Vendía sus papeletas y cupones y como yo trabajaba en la Junta de Andalucía tenía dinero para pagarles a mis padres un viaje a Lanjarón todos los años para tomar las aguas. Mi madre siempre me decía que mi padre disfrutaba enormemente. Murió de una embolia a los 61 años, demasiado joven para morir.
Siempre tuve su apoyo a mi trabajo de escritor. Yo en su ataúd le metí varios regalos que le acompañaran en su viaje al otro mundo, entre ellos una carta donde le prometía que seguiría adelante estuviera como estuviera. Y hasta ahora lo he cumplido. Y han pasado casi 23 años…
Cuando gané el segundo premio de la Institución Literaria Noches del Baratillo mi padre se alegró mucho. Yo empecé a entrar en el mundillo literario. En 1988 fundé mi propia tertulia, Alba de Mares. Mi padre iba todos los martes a donde nos reuníamos, el bar El Rinconcillo, en la calle Gerona de Sevilla. Él no salía nunca por las tardes salvo para ir a la tertulia a estar conmigo. Siempre agradecí su apoyo incondicional y lo expreso aquí en estas sinceras líneas.
Siempre que hacía actos literarios (debates, mesas redondas, conferencias, recitales de poesía y un largo etcétera) allí estaba él , sobre todo si eran en la Biblioteca Pública antigua en la calle Alfonso XII de Sevilla. Nunca me faltó, insisto, el calor literario de mi padre.
Y a él siempre le faltó mi calor. Tengo una deuda de afecto con mi padre, exactamente igual que tengo una deuda de afecto con mi madre. Tengo que pagarla en otro mundo, allí donde se encuentran mis padres, juntos y felices.
 Admiro a mi padre porque supo superar las enfermedades. Supo superar el mono de las pastillas, como yo estoy luchando ahora por superar la reducción de la medicación, uno de los propósitos para el año 2015 que expliqué en mi artículo “Año nuevo, ¿vida nueva?”
Mi padre, de no haber estado malo de los nervios, hubiera llegado a ser un futbolista conocido porque era un excelente extremo izquierda de los de antes, de los del número 11. Marcaba casi siempre varios goles por partido. Estaba entonces muy delgado. No le sobraban kilos como me sobran a mí ahora.
También podría haber sido un excelente cantaor de flamenco, pero los nervios truncaron sus aspiraciones. Pero nunca se vino abajo del todo y luchó sin parar, dándome en silencio un ejemplo a seguir en mi propia vida ahora que el que está malo de los nervios soy yo.
Lo quiero mucho esté donde esté y le doy las gracias por todo. Ya nos veremos algún día cuando yo fallezca y podremos pagar todas las deudas. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

3 comentarios:

J.M.Correa dijo...

Que bien escribes, as sido capaz de trasmitirme lo mucho que quiero a mi padre, que aun vive. Se me a removido la consiencia porque mi padre siempre a estado ahi y despues de muchos años de lucha para que yo salga del mundo de las sustancias y cuando lo logro y me siento bien ahora no aguanto sus fallos, faltas su trastorno por todo lo vivido y me vuelvo en contra suya. Ahora esta la relacion bien con el pero despues de leer tus lineas , pienso darle un abrazo mañana y decirle lo mucho que lo quiero y lo mucho que se que es por el que estoy seguro vivo y feliz, gracias amigo por despertar algo que se me durmio hace no mucho..

Anónimo dijo...

Me alegro, querido amigo, de que mi artículo te vaya a servir para expresar más tus sentimientos a tu padre. Es bueno expresarlos en vida de ambos para que nos sintamos más felices y sin malos rollos de culpabilidad o lo que sea que pueden sobrevenir si no expresamos el cariño que sentimos pero que reprimimos por tantas razones diferentes. Me alegro de ese abrazo que le vas a dar a tu padre. Dile también que lo quieres. Yo soy padre y sé lo mucho que significan estas cosas. Cuídate mucho. José Cuadrado.

UnidadDia Renteria dijo...

Nos ha parecido que ha debido ser muy duro escribir este artículo para tí, pero nos ha venido muy bien. Yo ahora leyendo este artículo me he dado cuenta de lo importante que es mi padre para mí y que le tengo que valorar más como persona, cosa que muchas veces no hago. Cuando me riñe, lo hace por mi bien, y no me doy cuenta de eso, hago falsas interpretaciones de lo que me quiere decir. Qué cierto, uno no sabe cuánto queremos a las personas hasta que las perdemos... Un saludo y para adelante, compañero. Todo pasará, tu dolor también.