jueves, 25 de febrero de 2016

HISTORIA DE UN GATO

No estoy hablando de un gato cualquiera, sino de un gato muy particular: el que fue mi mascota doméstica durante muchos años hasta su muerte. Se cumplen ahora precisamente  años de su fallecimiento. Se llamaba Renato. El nombre tiene dos razones de ser: se inspira en el nombre de mi hermana pequeña Renata, quien recibió este nombre de un tío mío de Italia, quien casó con una tía mía hermana de mi madre que hace más de 50 años se fue a Roma a buscar más salidas a su vida ya que estaba completamente asfixiada en un ambiente pueblerino agobiante y opresor.
También le puse al gato Renato porque en latín significa renacido (como el título de la película de Alejandro González Iñárritu que ha cosechado un montón de nominaciones a los Premios óscar de este año). A mi gato le salvé yo la vida y por eso es como si hubiera renacido porque sin mí casi con toda probabilidad hubiera muerto. Y creo que él lo sabía.
La historia comenzó hace más de 20 años. La enfermedad aún no me había atrapado lo suficiente y yo trabajaba como funcionario de carrera en la Consejería de Economía y Hacienda de la Junta de Andalucía. Un día de tantos fui a desayunar con la chica que después se convertiría en mi novia, Mari Carmen, y escuchamos unos maullidos que venían de debajo de un coche. Me asomé y allí estaba él, pequeño, prácticamente recién nacido y al amparo de cualquier cosa mala que pudiera pasarle. Lo cogimos y decidimos quedarnos el gato. Ella tenía un perro llamado Goli, que ya murió también, así que tomamos la decisión de que yo me lo llevaría a mi casa. Yo vivía entonces en la calle Lisboa del Cerro del Águila, solo. Acababa de romper una relación con una chica de Puerto Real después de 13 meses viviendo juntos. Se llamaba también Mari Carmen. Yo estaba bastante mal por eso y el gato me haría compañía. Pero había que cuidarlo y sacarlo adelante porque era un bebé.
Lo primero que hicimos Mari Carmen y yo fue limpiarlo por dentro con manzanilla. Le dimos muchos biberones de manzanilla en infusión para limpiarlo y quitarle todos los microbios que había cogido en la calle desde que lo abandonó su madre. Después ya fui criándolo con biberones de leche hasta que pudo comer por sí solo. Fue una etapa difícil para él porque parecía no querer seguir viviendo por haber sido abandonado por su madre, pero mi insistencia en que sobreviviera, con la ayuda de mi amiga, era enorme. Además su presencia en mi casa de alquiler me daba ánimos para superar mi reciente ruptura de pareja.
Al principio yo lo acostaba conmigo para darle calor. Él también me lo daba a mí. Nos llevábamos muy bien y él se sentía muy a gusto. Fue creciendo rápidamente. Tenía unos colores blanco y marrón muy bonitos. Renato parecía estarme agradecido por lo mucho que estaba haciendo por él.
Cuando ya creció un poquito más lo acostaba en una silla al lado de mi cama por si necesitaba algo. Recuerdo que una noche me atacó lanzándose directamente a mis ojos para arañarme. Nunca sabré por qué hizo eso, pero casi me saca los ojos. Ya, llegado el momento, le puse su propia cama con unas toallas y una mantita que le compré. Hacía sus necesidades en un recipiente amplio donde le tenía puesta arena que olía muy bien. Me costó enseñarlo pero lo conseguí. Al principio se orinaba donde le parecía, pero llegó el momento en que comprendió que tenía que hacer sus necesidades en la bandeja que yo le había comprado.

También le compré un collar antiparásitos, que le renovaba cada tres meses más o menos. Siempre estaba muy limpio porque los gatos se lavan constantemente y porque yo le procuraba la máxima higiene.
Cumplidos unos meses de mi separación empecé a salir con la otra Mari Carmen, la chica con la que encontré a Renato en la calle. Yo me mudé de vivienda porque el alquiler era muy alto y me fui a vivir al Barrio de la Barzola, a la calle Brenes. Recuerdo que la mudanza la hice en una furgoneta, en la que iba muy asustado Renato. Era la primera vez que salía de casa y el traqueteo de la furgoneta le producía creo yo miedo por no saber qué estaba pasando y a dónde lo estaba llevando.
Vivimos juntos en la calle Brenes cuatro años. Él tenía su habitación propia porque el piso era muy grande y tenía tres dormitorios. En su cuarto tenía su pelota y otros juguetes y se lo pasaba muy bien, pero también se sentaba conmigo a ver la televisión y jugábamos y de vez en cuando salíamos a la calle para que le diera el aire y relajara porque se solía poner bastante nervioso.
En la calle Brenes estuvimos hasta que me casé. Entonces tuve que llevarlo a casa de mis padres en la calle Lira porque mi mujer no quería que estuviese en casa con nosotros. Con mi madre estaba muy a gusto, pero de vez en cuando lloraba, imagino que porque me echaba de menos. Yo también lo echaba de menos. Ya tenía unos añitos y se ponía melancólico. También tenía su habitación particular en casa de mis padres. La casa tenía dos plantas y sobraban habitaciones. Mi madre le limpiaba la habitación de vez en cuando. Estaba siempre muy limpio y llegó a acostumbrarse a estar sin mí. Pero ya digo que nos veíamos con frecuencia y mis padres lo trataban muy bien.

Mi padre falleció y la presencia de Renato daba vida a mi madre. Se convirtió entonces en un buen aliado de ella. Un buen amigo que estaba en todo momento con ella, aunque había que tener cuidado porque mi madre abría con frecuencia la puerta de la calle y siempre tenía miedo de que se escapara. También había que tener cuidado con la puerta de la azotea. Por ahí también podía escaparse marineando por otros bloques unidos a casa de mi madre.
Poco a poco fueron pasando los años y Renato fue envejeciendo, pero podía dar gracias a Dios porque la vida se la habíamos regalado entre Mari Carmen, yo y mi madre. Siempre estuvo muy cuidado y no le faltó de nada. Quizás una gata hubiera sido un buena compañía para ella, pero era demasiado para mi madre. Renato intentó muchas veces irse de casa de mi madre en época de celo, pero siempre evitamos que consiguiera su propósito.
Encontró un lugar muy confortable en el sofá de casa de mi madre. Allí se pasaba las horas durmiendo. El resto del tiempo estaba en su cuarto, siempre con su collar antiparasitario, con su bandeja y su arena para hacer sus necesidades. Yo le llevaba todas las cosas a mi madre para que ella no tuviera que desplazarse hasta la tienda de animales que estaba un poco lejos. Le llevaba también su whiskas, que le encantaba. Y las bolsas de comida. Se acostumbró desde que estuvimos en la calle Brenes a comer comida enlatada y embolsada, y siempre se alimentó bien así.

Una vez me lo llevé al parque metido dentro de un macuto. Lo solté y corrió mucho por allí. Fue una experiencia muy bonita de libertad para él. En cierta manera le di un regalo porque al salvarle la vida le quité también la libertad, aunque creo que no hubiera sobrevivido. Y nunca hubiera estado tan a gusto como en mi casa y en casa de mi madre.
Le gustaba mucho que le acariciara el cuello, donde tenía puesto el collar para los parásitos. Se quedaba dormido mientras lo acariciaba. Poco a poco fue envejeciendo y empezó a tener achaques como todos los animales. Nunca le faltaron sus vacunas y los cuidados veterinarios que le eran necesarios. Aunque siempre tuvo una salud de hierro. Estaba muy bien cuidado. Yo y mi madre lo cuidábamos muy bien y le dábamos mucho cariño.
Cuando murió me llevé un palo muy gordo. Me lo encontré muerto en su habitación un día que fui a visitar a mi madre. Murió de viejo. No tenía ninguna enfermedad. Había sido mi compañero durante muchos años y desde entonces ya no he tenido más mascotas. Desde mi divorcio he estado tentado muchas veces de tener otra mascota. 
He pensado en comprarme otro gato o un perro, pero como vivo solo pienso que no podría cuidarlo como es debido y el animal estaría solo mucho tiempo. Paso muchas horas fuera de casa y no quiero que ningún animal se sienta triste. Cuando un gato llora lo hace con unos maullidos tremendos, como aquellos que emitía Renato cuando me lo encontré debajo del coche. Nunca me arrepentiré de haberlo cogido. Mari Carmen fue a visitarlo varias veces. Además: siempre lo veía cuando iba de visita a mi casa o a casa de mi madre. Mi mujer no quería saber nada de él porque no le gustaban los animales. Siempre tuvo quien lo quiso. Mi madre acabó por aceptarlo bien y yo lo quería como siempre había hecho.
Sirva este artículo como homenaje a Renato y como homenaje a todas las mascotas que hacen compañía a tantas personas y hacen tanto bien a los mayores o a las personas solitarias. Y sirva de homenaje a todos los veterinarios y a todas las Asociaciones dedicadas a la lucha por el bienestar de los animales que siempre están trabajando para que los animales tengan una vida digna y no sean abandonados por sus dueños. Muchas Asociaciones se hacen cargo de los animales abandonados: son muchos los perros abandonados, también los gatos, animales de compañía más frecuentes.
Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

6 comentarios:

Anónimo dijo...

José describes tan detalladamente el proceso de encontrar y cobijar al pequeño Renato que una se encariña enseguida con el gatito abandonado.Tuvo que ser muy especial en tu vida para que tengas fresco su recuerdo a pesar de los años transcurridos. Así como tú se lo dejaste a tu madre, yo dejé la fatiga manca que tenía en Argentina a mi hermana y de vez en cuando me envía alguna foto de mi mascota. Ojalá tu artículo inspire a otros a adoptar un animal, porque son una gran compañía. Cariños. Rosa

Anónimo dijo...

Mi querida Rosa: siempre tan fiel como siempre me haces un comentario a mi último artículo publicado sobre la historia de mi gato Renato. Llegué a cogerle un enorme afecto y por eso tengo tan fresco en mi memoria su recuerdo. Me cuentas también de la mascota tuya que dejaste en Argentina. Afortunadamente sigue viva y de vez en cuando la ves mediante foto. Yo espero como tú dices que mi artículo anime a adoptar animales a muchas personas. Habrá merecido pues la pena escribirlo. Intento poner siempre el máximo de ternura en mis trabajos para que se encuentren con otras personas tiernas como tú que siempre estás ahí fiel esperando mis trabajos para hacer comentarios. Yo también espero los tuyos con alegría porque suelen estar cargados también de ternura y hablan mucho de ti sea el tema que sea. Te doy las gracias por tu cercanía y agradezco a internet el hecho de que siempre podamos estar en contacto a través de estos correos electrónicos que trascienden nuestro anonimato y nos ponen humildemente en contacto. Gracias por ser como eres y espero que estés bien de salud. Ya sabes que te deseo todo lo mejor. De todo corazón tu fiel amigo José Cuadrado.

Anónimo dijo...

José fue muy agradable cruzar dos palabras contigo en la Ura éste viernes.Por cierto que tu artículo sobre Renato es muy tierno y llega fácilmente al corazón.
Me alegra que podamos comunicarnos mediante los correos, porque son una forma de fomentar la amistad. Ya estoy impaciente por leer tu próximo artículo, al margen de la crítica semanal de cine, porque estoy segura que me sorprenderás. Muchos cariños.Rosa

Anónimo dijo...

Una historia muy tierna, yo de niña tuve un gato, se llamaba pimki. Los animales son lo más.
Un Saludo Ludi

Anónimo dijo...

Mi querida amiga Rosa: fue muy grato también para mí cruzar esas dos palabras que dices en el pasillo de la Ura. Siempre me resulta reconfortante verte y hablar un poquito contigo. Celebro que te gustara mi artículo sobre mi gato Renato. Lo escribí, como todo lo que hago, con el corazón. Ya no escribiré artículo hasta después de Semana Santa. No sé aún el tema porque estoy barajando diversos temas. Ya veré cuál tengo más desarrollado para entonces. Respecto a la crítica de cine el próximo lunes 14 de marzo escribiré una sobre la última película que he visto, Cien años de perdón, una película española de Daniel Calparsoro, muy interesante. Es un thriller muy bien hecho, muy bien rodado. Espero que te guste y disfrutes mi crítica. Cuando la haga me acordaré de ti y sabré que por lo menos tú la leerás. Cuídate mucho y ten mucho ánimo. Todos los problemas encuentran solución cuando se pone la dulce voluntad en superarlos. Te recuerda cariñosamente tu amigo José Cuadrado.

Anónimo dijo...

Estimada Ludi: celebro que te haya gustado mi artículo sobre mi desaparecido gato Renato y me alegro que tú lo comprendas porque también tuviste a uno, así que comprenderás muy bien mi artículo. Cierto que los animales son lo más, nos enseñan muchas cosas y nos dan muchas ganas de vivir sólo por el hecho de tener que cuidarlos. Cuídate mucho y espero que podamos seguir compartiendo más artículos. Un cordial saludo de José Cuadrado.