martes, 2 de mayo de 2017

NO MORE TEARS (No más lágrimas)

Es una tarde lluviosa de abril y suena la música de la lluvia en los cristales. Pienso en la música y pongo la radio y escucho una primera canción: “No more tears”, es decir, literalmente “No más lágrimas”. Estoy escribiendo y dejo de escribir para pensar en ese título y en el contenido de la canción que más o menos entiendo y me solidarizo con el cantante: no más lágrimas, me cansé de las lágrimas hace mucho tiempo y decidí dejar de llorar porque las lágrimas no me llevaban a ninguna parte y sólo conseguía sufrir más, desgastarme interiormente, deshacerme por completo.
Recordé entonces los tiempos pasados en los que yo lloraba mucho y me resistí a creer lo que decía el poeta sobre que cualquier tiempo pasado fue mejor. Para mí no desde luego. Ese pasado fue una época en la que yo lloraba una barbaridad, a veces por nimiedades, por pequeñas cosas, y en ocasiones por razones verdaderamente importantes. Pero eran lágrimas que me consumían, que me reducían a nada, que me convertían en un cobarde, en alguien incapaz de afrontar las situaciones “normales” por las que uno tiene que pasar por la vida.
Recuerdo que lloré mucho por mi divorcio. ¿Y qué conseguí con tantas lágrimas? Nada. Seguramente alegrarle la vida a mi ex y a mis enemigos por verme tan hecho polvo y tan debilitado para hacer frente a la adversidad. Bebía entonces mucho y no me daba cuenta de que me estaba haciendo mucho daño. No fue hasta que me hicieron una prueba un día que me ingresaron en observación en el Hospital Virgen Macarena, cuando me dijo el doctor que tenía algo en el hígado y que si seguía bebiendo no duraría mucho. Fue un día 14 de febrero cuando dejé de beber. Me tomé la última copa de anís de mi vida y no he vuelto a probar el alcohol. Y  por supuesto dejé de llorar por mi divorcio. Lo esencial, ahora, hoy, lo tengo: una buena relación con mi hijo y una relación administrativa positiva con mi ex.

Lloré mucho por mi hijo. Tenía sólo dos años cuando mi ex y yo nos divorciamos. Yo pensaba que podría crecer traumatizado por la separación y me volqué con  él. La madre también hizo bien su trabajo. Hoy mi hijo es un chico de casi 27 años  equilibrado que tiene dos carreras y prepara oposiciones para juez. ¿De qué me sirvió entonces llorar tanto? De nada. Ni siquiera de desahogo porque después de unas lágrimas venían otras y al final nunca dejaba de llorar.
Lloré por la muerte de mi padre, que aconteció dos meses antes de mi separación. Introduje en el ataúd de mi padre una carta con la promesa de que saldría adelante, de que seguiría siendo escritor, de que sería fuerte. No servían las lágrimas de nada. Además: yo sabía que iba a un lugar mejor, donde iba a estar mucho más feliz que aquí, en este parcialmente bien llamado valle de lágrimas. He cumplido las promesas que le hice a mi padre. Este año se cumplen 25 de su fallecimiento y yo sigo entero y he superado la adicción a las lágrimas. No más lágrimas, por favor.
He llorado mucho estos últimos años por desengaños amorosos. He sufrido cada abandono como una despedida de la vida y no he podido resistir el llorar. ¿Para qué? Para disfrute del enemigo, para que éste observe cómo yo me baño en fango y autocompasión. No quiero más lágrimas. Si hay una ruptura hay más amores. Siempre otros llegarán porque el mundo está lleno de personas y en alguna depositaré mis sentimientos cuando las circunstancias lo propicien.
Recuerdo perfectamente cuándo lloré por última vez: el día en que murió mi madre, el 21 de enero de 2009. Coincidió con una ruptura amorosa y las lágrimas bajaban de mis ojos con incisiva intensidad. Mi madre viajaba al mismo lugar maravilloso donde ya mi padre llevaba unos años y la ruptura amorosa era una más en mi larga trayectoria sentimental. ¿Para qué las lágrimas? Para nada. No más lágrimas, por favor. No more tears.
Me ingresaron entonces por primera y última vez en la Unidad de Psiquiatría del Hospital Universitario Virgen Macarena. Por los dos motivos mencionados. Yo me encontraba fatal. Además no tomaba medicación porque me daban miedo los efectos secundarios. Allí me convencí (y me convenció el doctor) de que tenía que tomar medicamentos si quería dejar de llorar. Y así empecé un tratamiento, que en gran medida continúa y que me ha servido para lograr mi gran objetivo: DEJAR DE LLORAR. NO MÁS LÁGRIMAS. NO MORE TEARS.
Estuve en el Hospital algo más de dos semanas y fue una experiencia lo suficientemente frustrante como para no volver otra vez. Tenía que luchar más por mí mismo. Y éste es el gran mensaje de este sincero artículo: hay que mirar por uno mismo y no concederle tanto terreno a las lágrimas que muchas veces no dan sino la impresión de un victimismo decadente y miserable.
Salí del Hospital con la clara convicción de que de mis ojos no saldrían nuevamente lágrimas y con muchas decisiones tomadas. El tiempo de ingreso me sirvió de reflexión porque allí era casi lo único que se podía hacer: meditar. Meditar y dormir, supongo que las dos cosas que yo más necesitaba. Desde aquí le doy las gracias al doctor que me atendió (cuyo nombre no recuerdo ahora) y que me señaló el camino de la medicación para dejar de llorar.
No he vuelto a llorar desde ese día. Es decir: llevo más de ocho años sin llorar y eso para mí es la mayor victoria de mi vida. Y he tenido ganas, el impulso, pero las medicinas me lo han impedido y les doy mil gracias. He superado los efectos secundarios y me he adaptado a ellas con fuerza y poderío.
A veces me emociono por algo, me siento feliz cuando hago el amor con la mujer que yo me sé y que es mi cómplice en este universo lacrimoso, me estremezco por una buena película (cada vez menos por el cine que se hace o el cine que nos llega y quieren que veamos), sufro por la esclerosis múltiple de mi hermana pequeña, etc… Pero no llego a las lágrimas. No me permito llorar. No quiere permitirme ser más débil.
Esto para mí es una VICTORIA.
Por eso canto la canción No more tears, No más lágrimas, en ese día de abril lluvioso que parece por la lluvia que quiere llorar por mí. Yo se lo permito, pero no me permito a mí mismo llorar más.
Igual podría cantar otra canción que también ha sonado en esa tarde del mes de abril: “No more lonely nights”, es decir, “No más noches solitarias”, de Paul McArtney, el ex de Los Beatles. Ya no siento mis noches solitarias, aunque a veces tengo atisbos de soledad (de día y de noche, que la soledad no es exclusiva de la nocturnidad). Tengo a Dios y me tengo a mí mismo. Y de vez en cuando a esa amiga especial que me acompaña y ofrece todo su cariño y más. Amo mi soledad para escribir, pensar, ver la televisión, ir al cine y un montón de cosas más. Ahora que viene la Feria de Sevilla iré un día SOLO y me lo pasaré muy bien almorzando allí, montándome en unos cuantos cacharritos, jugando en la tómbola, jugando a los patitos, tomándome un buen gofre con nata y chocolate, etc… Y no necesito a nadie para divertirme. Y esto no quiere decir que no necesite de nadie. En absoluto. Tengo buenos amigos, muchos de ellos de la Ura y soy feliz con ellos. Pero no puedo permitirme no ser feliz conmigo mismo como hacía cuando lloraba tanto.
He descubierto los placeres de tenerse a uno mismo. Son inagotables, lo cual no quiere decir que no eche de menos en momentos puntuales a alguien que viva conmigo, o a un persona con quien conversar o compartir lo que sea, o cocinar para otra persona además de para mí y muchas otras situaciones como se plantean en la vida cotidiana. Uno mismo no debe fallarse nunca y si lo hace aplicar frases con fuerza de solidaridad como: NO TODO DEBE SER PERFECTO O AUTOESTIMA Y FLEXIBILIDAD. Es muy importante ser flexible con uno mismo para poder aceptar los errores que cometemos en la vida diaria.
Uno es el más directo beneficiario de todo lo bueno que hace. Una buena amiga, que fue novia en su momento por poco tiempo por desgracia porque la dejé para irme con la que sería mi esposa que luego me abandonó, me dedicó un libro con la siguiente frase: “Quien canta es el primero en recibir los beneficios de su canción”. Pocas frases como ésta me han ayudado tanto en la vida. La aplico en los momentos duros cuando logro salir a flote y me siento reconfortado. Entonces me doy cuenta de que yo soy el primero en recibir los beneficios de las cosas buenas que me ocurren.
Recuerdo ahora algo que escribí hace poco al criticar la película  “ Moonlight”, ganadora del óscar a la mejor película este año. Me llamaron la atención sobre todo dos escenas. Ahora me refiero sobre todo a una de ellas en la que el protagonista le dice a su íntimo amigo: “He llorado tanto que creía que me iba a convertir en agua”. Él se da cuenta a tiempo de que tiene que dejar de llorar y ser más fuerte. Y lo hace. Se muscula, coge fuerza interior y se convierte en otra persona, sin perder su condición de homosexual, que es lo que más problemas le generaba.
Recuerdo ahora también que escribo este artículo dos películas que he revisitado recientemente: “No es bueno que el hombre esté solo” de Pedro Olea, protagonizada por José Luis López Vázquez, y “Tamaño Natural” de Luis García Berlanga, protagonizada por Michel Piccoli. Ambas películas plantean lo mismo: la relación de pareja estable entre un hombre y una muñeca de tamaño natural como dice el título del psicalíptico director de cine ya fallecido. No la defiendo, pero me parece una forma positiva como otra cualquiera de combatir la soledad y de evitarse las lágrimas que suponen muchas veces las relaciones de pareja. No diré los finales de las películas por si tenéis la ocasión de verlas, pero ambas son muy recomendables.
Recuerdo ahora también un poema corto de mi libro “Micropoemas” publicado en 2006: “Ni una lágrima/merece la pena;/ los ríos llevan tanta agua/que nadie la aprecia”. Efectivamente: los ríos llevan mucha agua, más o menos según su caudal, y nadie la aprecia por considerarlo algo sencillamente natural. Sólo se nota su ausencia en épocas de sequía, es decir, cuando no se tiene agua suficiente. Y los versos que más destaco son los dos primeros: la innecesidad de las lágrimas. Siempre hablo del exceso de llanto, no de un llorar pequeño que sirva de simple y necesario desahogo. No hay que ser extremista y decir: pues no lloro nunca y en ningún momento. No. No se trata de eso. Se trata de no llorar demasiado, no vaciarse en lágrimas y sufrir horrores. Hay que mirar por uno mismo porque si no lo hacemos, ¿quién lo hará? ¿A quién le importaremos más que a nosotros mismos? La respuesta es rotunda para mí: a nadie.
En fin: creo que mereció la pena ese día de abril lluvioso poner la radio y escuchar No more tears. No sólo me inspiró este artículo sino que me reforzó mis propias convicciones sobre las lágrimas y todo lo que significa el sufrimiento. Yo quisiera ser fuerte siempre, pero no puedo. Muchas veces me siento mal y me cuesta tirar hacia delante. Pero con más o menos esfuerzo lo consigo y puedo cantar victoria. Pues de eso se trata: de vencer día a día, esas pequeñas batallas que conforman la gran guerra de la vida. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales



5 comentarios:

UnidadDia Renteria dijo...

¡Qué bonito artículo! Nos ha gustado mucho, sobre todo la primera parte, más personal. Aunque alguno cree que llorar también es terapéutico y positivo, nos ayuda a desahogarnos y a vaciarnos. Y hay llantos de alegría y satisfacción.Eso si, que en nuestra vida no haya solo lágrimas...Sonrisas, alegrías, reflexiones, lágrimas... de todo un poco... Gracias por tu reflexión, nos ha aportado mucho. Un cariñoso saludo

CRAP Calatayud dijo...

Gracias por tu reflexión, sí. nos ayuda también, como a los compis de Rentería

Anónimo dijo...

Queridos amigos de Rentería: os agradezco como siempre vuestro comentario, siempre tan generoso, para mi trabajo No más lágrimas. He puesto mucho corazón en él y eso se nota y lo habéis sabido valorar como es debido. Seguiré intentando bucear en el alma humana para sacarle todo el jugo posible y poder ofrecérosla con toda la claridad posible. Gracias de nuevo por estar siempre ahí leyéndome. Vuestro fiel amigo sevillano José Cuadrado.

Anónimo dijo...

Queridos amigos de Calatayud: os agradezco como siempre vuestro comentario, que demuestra la fidelidad que tenéis a mis escritos, cosa que es lo que más necesito cuando me pongo ante la pantalla del ordenador y más aún cuando meto tanto corazón a mis artículos como es el caso de No más lágrimas. Desde Sevilla os mando el más cordial de los saludos. Vuestro fiel amigo José Cuadrado.

CRPS León dijo...

Me gusta aquello que dice que valoramos las cosas cuando viene su ausencia. Es un artículo muy sentimentalista en general en la que se nos muestran las experiencias vitales traumáticas de una persona que podrían ser similares a los de muchas otras. Hay mucha gente que no merece las lágrimas de uno. Así que a ser fuerte y siempre mirar hacia adelante.