viernes, 7 de abril de 2017

LA SUPERVIVENCIA.

A lo largo de mi larga trayectoria como enfermo mental (expresión que no me gusta demasiado, pero así nos entendemos todos) he experimentado numerosas terapias, entre ellas la terapia de grupo en varias ocasiones y en varios sitios diferentes. Hace ya unos ocho años viví mi última experiencia de terapia de grupo en la Unidad de Día de Psiquiatría del Hospital Universitario Virgen Macarena. No diré nombres para cumplir con el juramento, para entendernos también, de privacidad de las personas que participaron en la terapia durante un año y el médico que la dirigió.
En esa terapia se trataron durante todo ese año numerosos temas. Se generó bastante polémica, hubo discusiones acaloradas, serias diferencias de opinión y muchas otras cosas, aunque todos los pacientes teníamos una sintomatología similar, por lo que el grupo estaba muy bien planteado, lo cual habla de la profesionalidad de los que escogieron a los intervinientes en la terapia de grupo.
Un día alguien planteó el tema de la supervivencia con la teoría de que los enfermos mentales éramos supervivientes. Así de breve y contundente. Otra compañera se enfadó enormemente y le espetó que no éramos supervivientes sino seres humanos que vivíamos, no que sobrevivíamos, lo cual tenía connotaciones muy diferentes. Otro planteó la idea de que éramos supervivientes de nuestras enfermedades porque no habían acabado con nosotros, cosa que sí había conseguido con otros enfermos mentales.
Yo planteé una síntesis entre las antagónicas opciones, es decir, una actitud ecléctica. Evidentemente éramos supervivientes de nuestras respectivas enfermedades. No nos habíamos suicidado como me dijo una vez un psiquiatra: que era lo más normal del mundo que un enfermo mental se plantease la posibilidad del suicidio. Si estábamos vivos en la terapia de grupo era porque habíamos sido capaces de sobrevivir, de tirar adelante con todos nuestros síntomas y todas nuestras crisis. Ayer, sin ir más lejos, tuve una crisis de mi enfermedad bastante fuerte y me tuve que meter en la cama a las siete y media de la tarde. Era lo mejor que podía hacer. Si ocurría como en ocasiones anteriores me levantaría temprano y con más ganas de luchar contra la enfermedad o de aliarme con ella para hacerla mi compañera positiva de vida. Y así ha sido: me he levantado a las tres de la madrugada, he salido a la calle a las cinco, he desayunado y me he venido para la Ura y me he puesto a escribir este artículo. En este sentido he sobrevivido a una nueva crisis y puedo sentirme feliz por ello y orgulloso por haber sido capaz de hacer frente a otro momento crítico de mi enfermedad. Sirva esto de ejemplo para todos los lectores que tengan crisis: no todo está perdido. La crisis en sí misma puede llegar a ser buena si significa lo que es etimológicamente: CAMBIO.

En mi actitud ecléctica yo decía que además de supervivientes éramos también unos seres humanos con esperanza, con ganas de vivir a pesar de las crisis como la de ayer domingo, sin pensar o haciéndolo tangencialmente en el suicidio. Yo, ayer, cuando me sentía tan mal, no llegué a pensar en el suicidio ni una vez y eso me hace sentir orgulloso porque una vez más he sido capaz de vencer a la enfermedad. Ella no ha podido conmigo. Maldita seas.
El tema de la supervivencia trascendió en la terapia de grupo y se llegó al asunto genérico de la supervivencia de la especie. El ser humano está en peligro por muchos factores como la contaminación del aire, la amenaza de una posible guerra nuclear que arrasaría el planeta, el peligro permanente de la soberbia de Corea del Norte y sus experimentos y ensayos nucleares, el mayor agrandamiento de la capa de ozono y el peligro que ello supone con los rayos ultravioleta llegando más a la Tierra, etc… Es decir, el ser humano como especie en peligro de extinción. Aquí se planteó un tema muy interesante porque efectivamente la vida en la Tierra es muy limitada y puede serlo aún más por tantos factores como he mencionado y otros que  afectan a la vida del ser humano en este valle de lágrimas.

No hay recursos para vivir en un planeta superpoblado. Yo pienso que sí, pero están mal repartidos. Es el eterno problema del reparto de la riqueza y de los medios en este caso de supervivencia. Es increíble que a estas alturas del siglo XXI sigan muriendo miles de personas al día de hambre. Para ellas lo único importante es la supervivencia pura y dura. Nada más que eso: llevarse algo a la boca si pueden y si no la muerte. No hay ni más opciones ni más preocupaciones. Y con todo esto los países ricos cada vez más ricos, con sus desigualdades de clase como ya criticara en 1848 Carlos Marx con su Manifiesto Comunista. En nada ha cambiado la cosa. El trabajo de la igualdad de clases sigue estando pendiente.
La esperanza de supervivencia debe nacer del interior de uno mismo, no depender de factores externos. Debe ser una cosa espontánea como respirar. Algo innato: sobrevivir. Sabemos que la muerte tarde o temprano acabará por atraparnos. Esa consciencia de saber que llegaremos a no ser nos impulsa a ser, valga el juego de palabras. El ser humano es un ser para muchas cosas según todos los filósofos: para la angustia, para la nada, etc… El ser humano también es un ser para la supervivencia. Cada día vivido es un triunfo. Son muchos los triunfos a los que aspiramos y no debemos achantarnos y dejarnos atrapar por la negatividad. Y lo digo, insisto, después de haber tenido una terrible crisis ayer domingo y haber pasado unas horas malísimas, pero siempre intento que se imponga la positividad y el optimismo.

Una vez que la esperanza surge del interior de uno mismo y no de factores externos se debe compartir con los seres queridos y la sociedad en general. Es la socialización de las emociones, fundamental para una correcta labor de integración emocional, intelectual y afectiva en el mundo que nos rodea.
La supervivencia básicamente es pensar en uno mismo en el mejor sentido de la expresión, un poco aplicando la frase del Evangelio: “Ama al prójimo como a ti mismo”. El amor bien entendido empieza por uno mismo para que luego el amor que demos a los demás sea auténtico y realmente hermoso. Es la práctica que hacía Jesucristo y que le costó la vida, pero hoy no creo que le cueste la vida a nadie compartir la esperanza personal con los demás.
En cuanto a la supervivencia yo, por ejemplo, miro por mí y cuido de mis achaques: la tensión, el azúcar, etc… Ahora me han subido la medicación por el problema del azúcar que me da alta y tomo tres pastillas al día. Le echo paciencia y voluntad, porque estas dos cosas son fundamentales para la supervivencia. Como decía Santa Teresa de Jesús la paciencia todo lo alcanza. Yo procuro acordarme siempre de este verso en los momentos difíciles, cuando parece que no hay solución a un problema concreto o a una crisis como la que viví ayer.
La supervivencia debe basarse en cosas concretas no en abstracciones sin fundamento que se acercan mucho a la automentira. Yo por ejemplo escribo. Recientemente se ha publicado en El Correo de Andalucía una crónica sobre el trabajo del blog de la Ura y me ha hecho mucha ilusión. Se valora nuestro trabajo, mi trabajo y eso da más sentido a todo cuanto hago. Después escribo mis libros y me siento realizado porque he querido ser escritor desde que tenía siete años y empecé a apuntar mis primeras cosas.
Yo mismo me debato con frecuencia entre la supervivencia y la vivencia según el grado de la enfermedad. Ayer domingo puedo decir clara y netamente que sobreviví porque estaba muy mal. La prioridad era fundamentalmente sobrevivir: comer, tomarme las medicinas y meterme en la cama. Hoy la prioridad era levantarme temprano y hacer cosas. He hecho relajación, ahora estoy escribiendo este artículo, después tengo gimnasia de mantenimiento y finalmente tengo una entrevista con la trabajadora social. Después iré a casa. Hoy tengo lentejas para almorzar. Después veré programas culturales en la televisión. Y más cosas. Hoy es el primer día después de la crisis y tengo que demostrarme a mí mismo una vez más que soy capaz de salir de una crisis, que soy capaz de ser vencedor de mi enfermedad. Maldita seas.

Hay una frase muy ilustrativa en el próximo libro que publicaré, mi primera novela, Monólogo en clave neurótica, Parte 1, Historia de una obsesión: “Soy yo y a quién excepto a mí le importa”. No quiero decir que me aísle de la sociedad sino que el cuidado de mí mismo tiene que empezar por mí mismo. Yo debo importarme a mí mismo antes que esperar que de fuera venga la ayuda que preciso. Ayer estaba solo en mi casa. No tenía a nadie. Sólo me tenía a mí mismo. Tuve que recurrir a mí para salir adelante y ser fuerte.
Siempre, en los momentos malos, y lo digo por si os sirve también a vosotros, me acuerdo de una escena de la película Titanic de James Cameron: Leonardo di Caprio y Kate Winslet están en las aguas heladas del Atlántico Norte. Ella está sobre una tabla de madera del barco y él está metido en el agua, hipotérmico. Él le dice que nunca se rinda y ella le promete que nunca se rendirá. Y así es: ella aguanta y sigue viva y llega a los más de 100 años, siempre recordando a Di Caprio, Jack en la película. Creo que en los momentos duros es cuando más esperanza debemos sacar, más supervivientes tenemos que ser, más cerca tenemos que estar de la vida en su estado más puro.
Creo que por hoy está ya bien. No dejéis de sobrevivir ni os olvidéis de vivir para que os sintáis orgullosos de vosotros mismos. Y en los momentos difíciles acordaos del Titanic y la frase “no te rindas nunca”. Es necesario seguir adelante hasta que la muerte nos acompañe a otra vida mejor. Salud y suerte.


José Cuadrado Morales

1 comentario:

Anónimo dijo...

Admiro como afrontaste la crisis y como te levantaste reforzado después de la crisis, animo y sigue con esos pensamientos positivos y con esas fuerzas de vivir la vida. Con este escrito ayudas a muchas personas que están o estarán en esa misma situación.