viernes, 13 de junio de 2014

EL ARREPENTIMIENTO

Todos tomamos decisiones. De hecho somos hijos de nuestras decisiones, pero no siempre las consecuencias son positivas y sobreviene el arrepentimiento que en muchas ocasiones llega demasiado tarde y a veces ya no sirve para nada salvo para torturarnos. Otras veces el arrepentimiento es válido porque sirve para situaciones similares en las que hemos obrado equivocadamente y podemos entonces rectificar. A veces el arrepentimiento es un atenuante en las condenas de los jueces. Otras veces el arrepentimiento nos enseña a madurar como personas. Yo he estado esta última quincena pensando sobre las cosas de las que me puedo arrepentir y el resultado es este artículo. Quede claro que no me arrepiento de nada aunque me arrepienta y es que este tema tiene mucho de contradicción por lo que dije al principio: porque somos hijos de nuestras decisiones.
Me arrepiento de no haber terminado las dos carreras universitarias que estaba cursando. Primero la carrera de Ciencias de la Información, rama de Periodismo, en la Universidad Complutense de Madrid. Segundo la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla. La primera la dejé cuando iba a pasar de segundo a tercer curso. La segunda la dejé cuando iba a pasar de primer curso al segundo. No es tarde para retomarlas, pero ya tengo 52 años y mi vida ha tomado un rumbo distinto al que yo hubiera querido. Mi deseo periodístico queda satisfecho con los artículos que escribo aquí cada quince días y las críticas de cine que hago también cada quince días. También he trabajado como periodista en diversos medios como 
El Correo de Andalucía, Nueva Andalucía, Nas de Barraca…Sant Boi, Radio Andalucía, Radio Manantial, Radio Guadalquivir, etc… Respecto a la Filología Hispánica me siento satisfecho con mi labor de escritor con la que desarrollo todos mis conocimientos filológicos. Aparte soy muy autodidacta.
Me arrepiento profundamente de todo el sufrimiento que he padecido por la separación de mi hijo cuando el divorcio. Podría haber hecho las mismas cosas que he hecho sin haber sufrido tanto. Al final mi hijo es un hombre de 24 años que estudia dos carreras, Administración y Dirección de Empresas y Derecho, es feliz, tiene una novia de más de 6 años, tiene previsto hacer un master y el doctorado, tiene pensado casarse y tener hijos, etc… Es decir, es una persona equilibrada y en gran parte lo es por mí porque le he dedicado todo el tiempo que he podido desde que me separé de él cuando tenía sólo dos añitos. Su madre y yo creo que lo hemos hecho bastante bien y ha salido un hombre bastante equilibrado, que era lo que a mí me preocupaba. Pero no era necesario que yo haya sufrido tanto.


Me arrepiento parcialmente de haberme casado, pero no por el matrimonio en sí porque yo estaba profundamente enamorado y me consta que mi ex mujer también lo estaba, sino por el divorcio y todas las consecuencias negativas que me trajo y todo el inmenso dolor. No se cumplieron las palabras del cura: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe. Nos separaron muchas cosas, sobre todo la enfermedad mental que yo padecía y que ella no estaba dispuesta a soportar. Para qué casarse si al final el amor termina como decía mi abogado matrimonialista. Ojalá las cosas fueran siempre como el título de la serie de Antena 3 Amar es para siempre.
Me arrepiento profundamente de no haber expresado a mis padres todo el cariño que ellos se merecían. Era un buen hijo, pero poco expresivo emocionalmente, sobre todo con mi padre, que padecía también una enfermedad mental como yo. Murió muy joven, con 61 años, sin haber tenido todo el amor que merecía. Con mi madre fui más generoso, sobre todo cuando cayó enferma de Alzheimer y Parkinson. Entonces sí le mostraba todo el afecto del mundo. La llevaba al teatro, a espectáculos musicales, le daba besos, le decía que la quería, etc… Pero cuando estaba buena no fui tan buen hijo y eso me duele enormemente. Tal vez por la misma razón mi hijo es ahora bastante frío conmigo, lo cual no quiere decir en absoluto que no me quiera.
Me arrepiento profundamente de haber atentado en diversas ocasiones contra mi cuerpo. Tengo numerosas cicatrices que dan fe de ello. Aquí el arrepentimiento es positivo porque puedo jurar que nunca más le haré daño a mi cuerpo porque lo considero una indignidad y no me lo merezco. Es como añadir más dolor al dolor que ya vivo, lo cual es incluso absurdo. Yo jamás me he intentado suicidar  y jamás me suicidaré. Si lo hubiera intentado no habría fallado porque no creo en los suicidas frustrados. Quien quiere suicidarse de verdad lo hace sin error alguno.
Me arrepiento de momento de no haber publicado todavía una novela. Tengo dos proyectos empezados, que son Monólogo en clave neurótica y El corazón de Procopio Boñiga. El primero es un monólogo interior libre sin puntos, comas ni ningún otro signo de puntuación sobre un hombre que va perdiendo la razón a medida que va avanzando el libro. El segundo es la historia de un hombre y su relación con los psiquiatras. Esto tiene arreglo: parar con la poesía y terminar una novela. Necesito comprarme un ordenador para poder ir más deprisa. Aquí el arrepentimiento es fácilmente subsanable.
Me arrepiento de no haber publicado un libro de poesía durante 16 años. Desde 1990 que publiqué Brevísimo paseo por mi vida hasta el 2006 que publiqué Micropoemas estuve sin publicar. Me dediqué sobre todo a mi hijo, aunque no dejaba de escribir, pero no me metía en publicar un libro porque eso conlleva muchos meses de trabajo. Ya en 2006, cuando mi hijo tenía 16 años, decidí publicar un libro cada año. Desde 2006 hasta hoy, 2014, he publicado 8 libros. Voy cumpliendo la promesa hecha a mí mismo: un libro al año. Ahora acaba de salir el libro número 12, Rosa de vida, y ya preparo el 13, Tuétanos odiantes, un libro muy distinto a todos los que he publicado hasta ahora.
Me arrepiento profundamente de haber vendido la casa de la calle Lira donde nací. Era mi refugio, mi sitio privado, mi mansión. Ahí me sentía muy feliz y a gusto, mucho más que en mi casa actual de la calle Manzana, aunque cada vez me siento más a gusto en esta calle. La casa de Lira la tuve que vender porque necesitaba muchos arreglos y no tenía dinero para ello. Además estaban mis dos hermanas, copropietarias de la casa, que quería que la vendiésemos porque necesitaban dinero. Yo hubiera vendido la casa donde vivo ahora y hubiera pagado las reparaciones de Lira, pero no tenía dinero suficiente para dar a mis hermanas el dinero de la parte de la casa que les correspondía. En fin. Ya no tiene remedio, pero echo mucho de menos mi casa, un sitio que era mi cómplice absoluto. Pero insisto en que cada vez le voy cogiendo más cariño a la casa de la calle Manzana donde llevo viviendo desde mi divorcio hace ya 22 años.
Me arrepiento de las relaciones rotas con las mujeres con las que he estado porque muchas eran buenas y podían haberme dado más felicidad, pero unas veces por una razón y otras veces por otra acababan terminando. La que más me duele de haberla roto era con la chica con la que estaba cuando conocí a la que sería mi esposa. Estaba muy a gusto con ella, pero mi esposa tuvo mucha fuerza para que rompiera la relación. Teníamos proyecto de matrimonio. Incluso habíamos pensado ya en el nombre de nuestra posible hija, María del Amor. Nunca sabré qué hubiera pasado de haberme quedado con ella y no haberme ido con la que sería mi esposa. Ya no se puede hacer nada.
En fin: la lista es más larga,  pero con esto creo que es suficiente para dar una visual sobre mis arrepentimientos. No estoy traumatizado por ninguno de ellos porque ya he sufrido bastante y ya he pasado lo peores momentos. Ya veo la vida desde los 52 años y pienso en que tengo que aprovechar bien los años que me quedan por vivir para no perder el tiempo. Intento tomar mis decisiones con más tranquilidad, más reflexivamente, sin prisas.

Ahora no tengo ganas de estar con ninguna mujer, con mi hijo llevo una relación distante pero cercana al mismo tiempo, escribo poesía y pienso publicar mis novelas, rezo todos los días a mis padres y a Dios, etc… He limpiado mi cabeza de traumas y angustias. Tengo bastante con la ansiedad que me provoca vivir y no quiero ocasionarme mayor número de problemas de los necesarios, de los que pueda verdaderamente soportar. Lucho por ser mi amigo, mi compañero, mi cómplice e intento aplicar la famosa frase del Evangelio: ama al prójimo como a ti mismo. Creo que no me he amado lo suficiente hasta ahora y que tengo que dedicar más tiempo a ello. Lo voy a hacer seguro. Lo puedo jurar. Mi vida soy yo y mi Literatura. Después están las personas que son importantes para mí, pero primero estoy yo. Si no me quiero, no puedo querer a nadie. Esto lo he aprendido claramente con el paso de los años. Es fundamental.
Yo os lanzo este mensaje: que os améis primero a vosotros para evitar posibles arrepentimientos porque así podréis tomar decisiones más acertadas. La vida es muy corta, más de lo que podamos creer. Yo me pregunto si he hecho todo lo que debía en los 52 años de vida que llevo. Sé que tengo que valorar más el tiempo que me queda por vivir. 





Como decía John Fitzgerald Kennedy el cambio es la vida. No podemos quedarnos en el pasado y el presente. Tenemos que pensar en el futuro y dar valor al tiempo que nos queda por vivir. Pues yo doy más importancia como dice este político al tiempo por vivir que al tiempo vivido. Quiero aprovecharme mejor. Por eso busco cada día estar más en paz conmigo mismo. Ser más mi amigo, mi compinche, ese cómplice que todos tenemos y necesitamos. Pero yo no quiero que el cómplice esté fuera de  mí. Quiero ser yo mismo. Con este mensaje de optimismo me despido por hoy. Salud y suerte.

José Cuadrado Morales 


2 comentarios:

CRAP Calatayud dijo...

Buenos aprendizajes que permiten seguir hacia adelante. Gracias por compartir tu historia con los que ya somos habituales lectores de vuestro blog

FEDERICO dijo...

Gracias